«La tierra se adapta mejor a la guerra que nosotros –corroboró Podchufárov–. Está acostumbrada.»
Vasili Grossman, Vida y Destino
Cuando se cumplen justamente 70 años del
final de la batalla de Stalingrado
(aunque Paulus al frente de un contingente de 90.000 soldados se rendía el 31
de enero, no fue hasta el día 2 del siguiente que el último grupo de miembros
del ejército alemán entregó las armas) Galaxia Gutenberg ha querido
aprovechar para invitarnos a que disfrutemos de algunas de las magníficas
novelas de su catálogo que profundizan en este acontecimiento tan dramático
como decisivo para el desenlace de la II Guerra Mundial y quién sabe si para el
destino del siglo.
La efeméride debería animar a hacerlo,
máxime cuando se trata de títulos de una indiscutible calidad literaria
firmados por un autor cuyo nombre permanecerá ya por siempre vinculado a
Stalingrado. Pero es que, además, cualquier excusa es buena para acercarse a la
obra de Vasili Grossman. Nacido en Berdíchev (1905) dentro de una familia judía
emancipada, este ingeniero químico de profesión empezó a escribir relatos
durante su etapa universitaria, dedicándose de forma plena a la escritura mediando
la década de los años treinta. Aunque se declaraba un marxista convencido nunca
fue miembro del Partido, llegando a ser acusado de “menchevique” en siniestra
clave irónica, por sus cercanos antes de que la Gran Purga estalinista de 1937
le sumiera en una honda conmoción que no impidió, en todo caso, que menguara su
compromiso con el destino del pueblo ruso y se presentara como voluntario para
ir al frente nada más estallar la Segunda Guerra Mundial o, como se la llamó en
su país, la Gran Guerra Patriótica.
Serán precisamente sus vivencias durante
el conflicto, que vivió como testigo en calidad de corresponsal de Estrella Roja, y que le permitirán en su
viaje acompañando al Ejército Rojo hasta Berlín relatar matanzas como las de
los Einsatzgruppen en Ucrania y Polonia o a dar conocer los exterminios de
Treblinka y Majdanek –testimonios que serán utilizados como prueba en los
juicios de Nuremberg– las que alimenten las obras por las que hoy se le
reconoce de manera universal, caso de las novelas Vida y destino, Por una causa
justa y Todo fluye, así como el
volumen de sus crónicas del frente, Años
de guerra, todos ellos publicados por esta misma casa editorial. Sin
embargo, como a otros tantos de sus contemporáneos, a Grossman no le será
permitido disfrutar en vida del éxito de sus obras y así, requisados por el KGB
los originales de sus textos mayores y prohibida su publicación, el llamado Tolstói
del siglo XX (aunque sus digresiones nos lo emparentan igualmente con
Dostoievski, sin olvidar que de quien realmente se sintió deudor fue de Chéjov)
moriría en Moscú en 1964 creyéndolos destruidos de forma irreparable.
Aunque Vida y destino está considerada, con justicia, como su obra maestra
y una de las grandes novelas del siglo, es en Por una causa justa (traducida al español por Andréi Kozinets),
donde Grossman inició el fresco de aquella monumental carnicería que fue
Stalingrado. Escrita en circunstancias terribles para el autor (su hijo ha
muerto en el frente y su madre, a quien dedicará su posterior trabajo y cuya
desaparición le perseguirá por siempre, ha sido asesinada en el gueto) y
publicada finalmente en 1952, la novela, que transcurre durante el primer año
de la entrada de las tropas nazis en el territorio soviético, trasciende el
realismo hegemónico y el obligado alineamiento ideológico (no habría podido ser
de otra forma y eso que tuvo que reelaborar el original hasta en doce ocasiones
para “adaptarse” al ideal de la literatura socialista imperante) para
mostrarnos dentro de un molde clásico pero al mismo tiempo extraordinariamente
vívido y emocionante los padecimientos de los diferentes estratos de la población
soviética en aquellos días aciagos.
Pero será, sin duda, como decimos con Vida y destino (con traducción de Marta Rebón), donde el autor se destape como uno de los grandes prosistas bélicos de un tiempo en el que lamentablemente no escasearon. Continuando con el telón de fondo que le ofrece la sangrienta y épica batalla que mantienen el ejército nazi y las tropas soviéticas, y del que pende el destino de Europa, Grossman desplegará todo su genio narrativo –¿exageró el penetrante y lúcido George Steiner cuando afirmó que obras como esta eclipsaban “todo lo tenido por ficción seria en Occidente al día de hoy?”– para mostrarnos toda una galería de rastros que configuran un mosaico de trozos de vida de esa misma gente que en mitad de la tenaza que representan el terror estalinista, por un lado, y el horror de los campos nazis, por otro, luchan por salvaguardar la esperanza en mitad de la devastación. La vida miserable de los campesinos y el papel de los intelectuales, la estrategia militar y la labor fiscalizadora del Partido, la vida en el frente y en la retaguardia, todo está incluido en este espejo de novelas bélicas, en este brillante documento político, en esta emocionante novela de amor, lucha y esperanza que por medio de la etopeya de la saga familiar protagonista, a través del retrato del destino de la gente corriente que vehicula coralmente la obra, nos introduce en un viaje ejemplar y subyugante al corazón del siglo XX.
“Las agrupaciones humanas tienen un propósito principal: conquistar el derecho que todo el mundo tiene a ser diferente, a ser especial, a sentir, pensar y vivir cada uno a su manera.Para conquistar ese derecho, defenderlo o ampliarlo, la gente se une. Y de ahí nace un prejuicio horrible pero poderoso: en aquella unión en nombre de la raza, de Dios, del Partido, del Estado se ve el sentido de la vida y no un medio. ¡No, no y no! Es en el hombre, en su modesta singularidad, en su derecho a esa particularidad donde reside el único, verdadero y eterno significado de la lucha por la vida”.
Vida
y destino no fue, no
podía ser la gran novela de la lucha heroica del socialismo frente al invasor.
Gorki, el patriarca de las letras rusas y en parte impulsor de su carrera en los
años 30, jamás la podría haber bendecido; por eso resultan tan desoladoras, patéticas
hasta rozar lo inverosímil, las lamentaciones de Grossman al comprobar de qué
forma era silenciado. ¿Cómo podía ser de un modo diferente? ¿Cómo pensaba el
autor después de haber presenciado la crueldad del régimen bajo el que vivía
que, pese a la retórica del deshielo vigente, aún Jruschov (la célebre carta
que le escribió se incluye en el volumen Sobre
Vida y Destino publicado por la misma editorial) podría levantar su veto,
favorecer la publicación de un libro que suponía un torpedo lanzado a la línea
misma de flotación de la nave del Estado, un libro, como se encargaron de
recordarle sus censores, más peligroso todavía que el Dr. Zhivago de Pasternak y que, por lo tanto, no podría ser
publicado lo menos en doscientos años? Hay que tener una fe inmensa en el ser
humano para intentar convencer al jefe supremo de la URSS de que su “verdad”
merecía ser revelada. De que muerto Stalin se acabó la rabia. Que no era un
libro “político”, decía el infeliz. ¡Qué insolencia! El padrecito, es verdad,
no lo habría consentido. ¿Es que acaso no era plenamente consciente Grossman,
¡un judío, además!, de que junto al homenaje al pueblo sufridor, encarnación
del verdadero espíritu de resistencia, del compromiso con aquellos valores
humanos que reposan en la fraternidad y la compasión, Vida y destino destapaba su profunda animadversión hacia el reinado
del terror desplegado por el régimen comunista, un terror que ni siquiera la
épica defensa de Stalingrado (especialmente de cara al exterior) era capaz de ocultar?
Sí, indudablemente, lo sabía.
En Todo
fluye, su testamento literario (con traducción igualmente de la también traductora y crítica cultural Marta Rebón), el autor dará un paso más en su labor de
equiparación de fascismo y comunismo. El divorcio respecto a sus viejas
ilusiones es ya total, su abandono absoluto, su conversión, que lo convierte en
un caso prácticamente único, plena; no hay lugar para la esperanza y así,
olvidado de todos, con la muerte acechándole, ya no encontrará obstáculo para
no presentar a los dos grandes bloques ideológicos de masas como versiones de
un mismo fenómeno totalitario. “Y cuando Grossman –nos recuerda Todorov– habla
de las víctimas de uno u otro régimen totalitario, muestra la misma emoción y
experimenta la misma compasión”. Queda patente que una misma lógica acerca el
pensamiento de los verdugos hasta hacerlo prácticamente indiscernibles y si en
su obra anterior podíamos intuir que no sólo se refería al nacionalsocialismo
cuando hablaba de aquellos que habían creado un nuevo tipo de prisioneros
políticos (“los criminales que no habían cometido ningún crimen”), ahora la
denuncia se vuelve frontal, despiadadamente inconveniente y sobrecogedora Así, nos
encoge el corazón escuchar la voz de Anna Serguéyevna al recordar:
“¡Cuánto sufrió esa gente, cómo los trataron! Pero yo decía: no son seres humanos, son kulaks. (…) Para matarlos, había que declarar: los kulaks no son seres humanos. Igual que decían los alemanes: los judíos no son seres humanos. Es lo que dijeron Lenin y Stalin: los kulaks no son seres humanos”.
Por eso, a pesar de que constituyen obras
con identidad por separado, las tres anteriores pueden y deben considerarse
como un todo de más de 2.000 páginas que conforma uno de los documentos
literarios más excepcionales del siglo XX. “Sus manos de obrero, grandes y
fuertes –recordaría, Boris Yampolski, un escritor que lo trató mientras
escribía su gran obra– parecían manejar un martillo o un cincel, y no una
frágil pluma mojada en tinta”. El resultado fue un libro que era como “una
catedral, majestuosa, moderna, austera, y portadora de luz; la santa luz de
nuestra época”.
Setenta años después, Stalingrado sigue
siendo un mito del siglo XX, pero desgraciadamente tiene que ser de un orden
muy distinto al que quisimos (por idealismo o ignorancia) abrazar cuando aún
éramos inocentes, acaso un hito llamado a permanecer en la memoria de los
hombres como un nuevo Verdún, y no como el símbolo –sólo hay que levantar sin
prejuicios un momento la cortina para comprobar qué ocurrió en el Este en las
décadas posteriores para comprobar esta amarga verdad– del triunfo de la
libertad frente al demoníaco retumbar de las botas del III Reich. Sin embargo,
gracias a autores como Grossman, a su retrato de las gentes humildes que
deambulan por sus novelas, podemos aún imprimirle un nuevo sentido a aquella trágica
experiencia, como si su trilogía fuera un salvavidas, puede que pinchado, de
acuerdo, pero suficiente para mantenernos durante un tiempo más a flote; o
mejor, como una vela encendida, sí, eso es, como una vela cuya llama oscilante
reposa en el altar de la “bondad sin testigos, pequeña, sin ideología”, de la
“bondad sin sentido”.
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