martes, 21 de mayo de 2013

Menéndez Salmón me fecit: Medusa en el espejo del siglo



Medusa. 
Ricardo Menéndez Salmón. 
Seix Barral.
Tapa blanda; 160 páginas.
PVP: 17’50€.
ISBN: 9788432210068.
Fecha de publicación: septiembre de 2012. 


“El hombre que, quizá, es la cumbre, no es más que la cumbre de un desastre”. George Bataille, El culpable.

“La mayor nobleza de los hombres –escribía Ernesto Sabato en su libro de memorias Antes del fin– es la de levantar su obra en medio de la devastación, sosteniéndola infatigablemente, a medio camino entre el desgarro y la belleza”.  Las palabras del escritor argentino, autor de algunas de las más atormentadas y cautivadoras novelas en lengua española del siglo XX nos permiten sumirnos de lleno en el espíritu de una obra como Medusa, el último título publicado hasta la fecha por el asturiano Ricardo Menéndez Salmón y que constituye una feraz aunque inevitablemente circular reflexión sobre el Mal que se enseñoreó del siglo XX. De esta voluntad (que a su vez anima toda auténtica representación) a la que alude el escritor de Sobre héroes y tumbas participan de algún modo tanto el narrador, un personaje más de la novela, como el gran protagonista del libro, el ambiguo, complejo y enigmático Prohaska, cuya “nobleza”, en todo caso, está puesta más que en entredicho, constituyendo el sentido de su actitud ante los acontecimientos de los que es testigo y que expone a nuestra mirada, uno de los salmeres, si es que no la clave de bóveda, del arco que dibuja este breve pero inagotable libro.

Prohaska, ese varón sietemesino, “indeseado”, nacido en la Nochebuena de 1914, el “tercer y último hijo de una familia hoy extinguida, en el corazón de un invierno crudísimo, en una remota aldea del norte de Alemania, donde el mar acuchilla hombres, rocas, barcos”, es nuestro viajero por el Tártaro de un tiempo que mantiene una tensión diabólica entre dos arcanos que tratan de rescatar al hombre del sinsentido, el Mito y la Historia, un tiempo en que Modernidad y Holocausto, como nos mostró Zygmunt Bauman en su célebre ensayo, se dan, dentro de la implacable lógica del capitalismo, diabólicamente la mano como “las dos caras de una moneda”, en el que los dioses –qué lejana parece ahora la añorada plenitud del Hiperión de Hölderlin y su nostálgico ideal de unidad– han dimitido y civilización y barbarie han dejado de constituir conceptos antagónicos para fundirse como dos cables achicharrados por una fulminante subida de tensión. Ese “día en que el crimen se acicala con los restos de la inocencia, de resultas de una curiosa inversión que es propia de nuestro tiempo” y en el que, seguía Camus en El hombre rebelde, “la inocencia se ve forzada a procurar sus justificaciones”, es en el que vive Prohaska. Con la particularidad de que Prohaska, no juzga. 

Prohaska, ese personaje de ficción, ese fantasma dotado con todos los atributos de lo verdadero, nos es presentado por el narrador –que es y no es, dentro de la condición de falsa biografía (quest) que define la obra, el propio Menéndez Salmón–, como aquel que entiende “El arte como testimonio, el arte como testamento, el arte como notario: espectral, transparente, antipedagógico”. “Prohaska, el forense”, “Prohaska, el notario”, Prohaska, “el voyeur de Dachau, el escrutador de la muerte”, Prohaska, el artista sin ideología que simplemente estaba allí, que de haber sido Alemania comunista, habría seguido siendo “su fotógrafo, su pintor y su cineasta”. Pero, si Prohaska, el “hombre que lo vio todo, pero a quien nadie logró ver”, se limitase a encarnar esa figura al borde mismo de la psicopatía o, en el otro extremo, al rutinario e igualmente atroz burócrata del mal, un “Eichmann de la imagen”, que una mirada superficial nos podría devolver, de más está decir que no sería el superlativo personaje literario que Medusa nos regala.


“Sufrir pasa, haber sufrido no pasa”, escribió León Bloy. Y Prohaska, que siendo muy niño ya experimentó en su corazón, como evocara Baudelaire, dos sentimientos contradictorios: “el horror a la vida y el éxtasis ante la vida”, va creciendo flanqueado por el horror de crecer “rodeado de cuerpos pero sin afecto, con el lastre mitológico del padre desconocido”; y por el éxtasis que también muy pronto experimenta ante “el poder vesánico y a la vez purificador de las imágenes”. Horror y éxtasis que como un fulgor le invaden un imborrable amanecer del invierno de 1922 al contemplar la escena de cientos de miles de arenques invadiendo las playas conformando “un paisaje anterior al hombre en la Tierra o posterior a su estancia en ella: preapocalíptico y posapocalíptico a un tiempo. Un paisaje que susurra al hombre su inanidad, su escaso peso en la contabilidad de los seres, el volumen de esa plétora de organismos que lo precede y que lo sucederá”. Esa “luz de acuario de Vermeer, la calidad fría de los signos del cielo, la ceniza derramada desde una altura prodigiosa sobre los niños del domingo, que a orillas del océano, sirviéndose de fanales y linternas de sodio, recogen berberechos”, acompañarán a Prohaska de por vida teñiendo su obra “de esa luminosidad herida” que es “más una atmósfera que un sentimiento”. Una atmósfera, en todo caso, rebosante de nostalgia y melancolía. Porque a medida que avanza la novela, el frío y oscuro Prohaska, “uno de los terroristas de la última frontera”, ante quien el arte aparenta replegarse como hacia el fondo de un callejón sin salida, se humaniza. Sus costuras se abren conforme descubre, como afirmara Max Scheler en tiempos de la I Guerra Mundial, que “en una historia de diez mil años aproximadamente, nosotros somos la primera época en la que el hombre se ha hecho problemático por completo, en la que ya no sabe qué es. Y a la vez sabe también que no sabe”.  No importa cuán clínica se torne su labor de documentalista de la infamia o hasta qué punto se eleve su obsesión por desaparecer físicamente –que consuma de un modo que roza lo inverosímil, habida cuenta del éxito de un artista cuya vida transcurre en plena explosión de los medios de comunicación de masas, y que nos lleva, en todo caso, a preguntarnos si no reposa en un prurito de escapar de la culpabilidad o la vergüenza: por no hacer nada para cambiar el rumbo de las cosas, por seguir vivo, por no ser otro–; ante el hecho de que no tiene más remedio que aprender a gestionar los restos de un pasado atroz que no cesa de amontonarse bajo sus pies manteniéndolo en un acumulativo ser cansado.

“Al excluirse de la humanidad –escribe George Bataille en su canónico La literatura y el mal–, Sade no tuvo en su larga vida más que una ocupación que decididamente le interesó: enumerar hasta el agotamiento las posibilidades de destruir seres humanos (…) De la monstruosidad de la obra de Sade se desprende aburrimiento, pero ese mismo aburrimiento constituye, a su vez, su sentido”.  Sí, hay algo del autor de Las ciento veinte jornadas de Sodoma, del “verdadero santo patrón de nuestro siglo”, en palabras de Kafka, en Prohaska. Sin embargo, por si faltaran otras evidencias, ese Prohaska me fecit con que rubrica sus obras, y con el que se inserta dentro de la genealogía del artista renacentista, primero, y romántico después, nos revela que el hacedor de símbolos no está dispuesto a desaparecer tan fácilmente de la memoria de los hombres. Frente a la innominada muerte sin número, el individuo aún reivindica su derecho a dejar su personal impronta. Considerar este gesto como una mera manifestación de vanidad sería demasiado simple, incluso burdo. Pero, el caso es que a pesar de la maldición, de nuevo el Mito y la Historia, que se cierne sobre su casa y de la que tomará plena conciencia, tras la muerte de su hermano, al saber que habrá de cargar con “el avasallador peso de ser El Último”, el artista no se limita a reproducir, arrastrando una especie de benjaminiano estigma, la “realidad”,  ni tampoco a recuperar como los artistas primitivos “para el oficio su más antigua función: mostrar el mundo tal y como sucede, no tal y como desearíamos que fuera ni tal y como soñamos que debería ser”.  No hay que tener en cuenta únicamente el hecho, de por sí esencial, apuntado por el narrador/investigador/intérprete, de que “Toda imagen ejerce una violencia sobre el objeto que captura al duplicarlo en un mundo paralelo”, deviniendo el objeto, hechizado por su copia, otra cosa, “doppelgänger que opera en su reproductibilidad una pérdida de su significado primordial y, a la vez, una proliferación de significados posibles.” Resulta más esclarecedor, si cabe, conocer cómo el artista interviene en la obra, aunque sea de una forma “mínima”, generando un significado muy distinto al original. En ese “levísimo desajuste”, en las diminutas correcciones, a veces no es más que “un leve desenfoque”, Prohaska, ya sea siguiendo “el dictado de un dios cruel”, como titula sus memorias, ya sea ejerciendo retador su soberanía, nos enseña lo que la imagen esconde. “Ensuciar el velo levemente para transparentar lo que el velo oculta”. Dicho de otra forma, el personaje no se resigna a renunciar al fiat divino, y aceptando su propia historicidad, afirma su libertad en el reino de la más pavorosa necesidad.  

Resulta difícil no quedar atrapados por la al mismo tiempo seductora y ominosa personalidad del personaje. La fascinación, no obstante va venciendo progresivamente a la repulsión que nos pudiera provocar el hombre y su obra y, así, resulta perfectamente plausible que el no menos enigmático Stelenski, el amigo, el cómplice, el biógrafo, el albacea, sucumba igualmente, el ajedrez como cebo, nada más entrar en contacto con él. En todo momento gravita la idea de que conocer a Prohaska, de que entender a Prohaska nos permitirá despejar las grandes incógnitas del siglo, incluso arrojar luz sobre la peripecia humana entera, de que en un mundo sin Misterio, absurdo, sólo a través del conocimiento nos será dada la posibilidad de domeñar a la bestia, de hacernos con el salvífico gorgoneion que habrá de protegernos de todo mal. El narrador consigue contagiarnos desde el primer momento, desde que nos revela el contenido de aquella espeluznante película filmada en el gueto de Kovno, un entusiasmo que nace de la perplejidad, del espanto y de la necesidad de hallar alguna respuesta al horror que a cada paso vamos descubriendo. Sus dudas son nuestras dudas. Su angustia, nuestro desvelo.

“¿Se puede defender la obra de alguien que filmó ejecuciones con tiros en la sien, ahorcamientos de niños de ocho años, vivisecciones en embarazadas, inmersiones en tanques de agua helada o amputaciones sin anestesia para investigar los umbrales del dolor, y que hizo todo eso sin emitir una queja? ¿Puede haber piedad, comprensión, afecto para alguien que, como el ojo divino, se conformó con dejar al libre albedrío de los demás las consecuencias de sus actos? ¿Merece la obra de Prohaska el espacio de un museo o sólo es la actividad forense de un voyeur sin escrúpulos que debería haber colgado del palo más alto de la ciudad de Núremberg?” 


“¡Oh, Prohaska!… /¡Conocedor de ti mismo!.../¡Verdugo de ti mismo!...”  –podríamos decir parafraseando al filósofo dionisíaco por antonomasia–, ¿eres un monstruo?, “¿Un cínico o un sabio? ¿Un pesimista razonable o un asesino odioso? ¿Una víctima o un verdugo?” O peor aún. Si, como le escribió Kafka a Milena, “nadie canta con tanta pureza como los que están en el más profundo infierno”, ¿no será acaso que pretendes remedar con tu arte el canto de los ángeles? No, esto parece demasiado, casi una herejía. Sin embargo, no tarda en surgirnos al encuentro otro interrogante. Hemos dicho que Prohaska no juzgaba, pero, ¿estamos legitimados nosotros para juzgarlo a él? Si Stelenski, “su ángel de la guarda”, un judío de Dachau, no lo hace, si Heidi, su gran amor, la compañera inseparable, se muestra siempre comprensiva, sin reproches ni preguntas, ¿basándonos en qué podríamos condenarlo nosotros? ¿Con qué derecho, ciudadanos corrientes del siglo XXI, deberíamos considerarnos mejores, inocentes?  En última instancia, ¿es Prohaska otro ejemplar de refinada sensibilidad como aquellos que estremecían a George Steiner, hombres y mujeres que podían leer a Goethe o a Rilke por la noche, que podían tocar a Bach o a Schubert, e ir por la mañana a su trabajo en Auschwitz? ¿O, simplemente, Prohaska sabía tan bien como Kierkegaard que “Un individuo no puede ayudar ni salvar una época [pues] sólo puede decir que está perdida”? El narrador parece inclinarse por esta última opción. Pero no sin hacer explícita una y otra vez la provisionalidad, la futilidad, casi, de cualquier propósito de iluminar al personaje.

Desde que descubrió “el Mito de Prohaska mientras intentaba escribir un fragmento de la Historia que Prohaska ayudó a construir”, el narrador ha corrido tras una sombra, persiguiendo “el rastro de un sueño”, sabiendo que “desentrañar la verdad de una vida es una batalla perdida desde el inicio”. El perseguidor, el escrutador, el vigía, sabe que la biografía es tanto una rama de la literatura forense como de la literatura fantástica pero, aún así, persiste en el empeño. Intuye que pese a que nada podrá “disipar el misterio y la negrura primordial en que transcurrimos”, el esfuerzo merece la pena. O puede que no haya elección. No se trata ya de Prohaska, ni del Holocausto, ni del Mal. “Quizá persiguiendo el enigma de Prohaska haya estado haciéndome preguntas acerca de mí mismo, de mis convicciones y anhelos, de mis miedos y de mi precio como hombre bondadoso o malvado, intentando rastrear en sus gestos mi propia inarmonía, mi absoluta falta de criterios decisivos para discriminar lo contingente de lo necesario, mi animalidad absurda y pusilánime”. Sí, se trata también del escritor, del hombre enfrentado a la experiencia del límite y este punto crítico en el que el autor de carne y hueso y el narrador se confunden y entremezclan nos conduce a uno de los aspectos, a mi juicio, más significativos de la novela.

“Nacer alemán en 1914, carecer de progenitor al nacer y encontrarse en Lituania en 1941 no son circunstancias que se eligen. Suceden, y eso basta. El resto es interpretación; es decir, hipótesis”. No se trata ya de justificar una determinada conducta, nada de hagiografías, tampoco de culpar sin más a la Historia, ni de eximir de cualquier tipo de responsabilidad a quienes estuvieron allí, adoptando un reduccionista determinismo zolesco. “Si no se cree en nada, si nada tiene sentido y si no podemos afirmar ningún valor –de nuevo Camus–, todo es posible y nada tiene importancia. Sin pros ni contras, el asesino no tiene culpa ni razón. Se pueden atizar los hornos crematorios del mismo modo que cabe dedicarse a cuidar leprosos. Maldad y virtud son azar o capricho”. No, no es esto. Acaso se trate, lo cual supone una pirueta igualmente imposible, de ponerse en el lugar del otro, sabiendo, como dijo Denis de Rougemont, que “el adversario siempre está en nosotros”. Así, en una novela en la que la mitología griega (Edipo, por supuesto) juega un papel tan decisivo resulta inevitable recordar uno de los mitos más antiguos del orfismo, allí donde se nos explica cómo el hombre surge a partir de las cenizas de los Titanes, destruidos por los rayos de Zeus: de aquellos heredará la oscuridad, mientras que de Dionisos, cuyo cuerpo había ingerido el dios del cielo y el trueno, recibirá la luz y el bien.  Luz y oscuridad, Bien y Mal en proporciones variables, abrazándose, encadenándose, mezclándose, del blanco al negro y viceversa a través de toda una escala de grises para trasladarnos vívidamente cómo la experiencia totalitaria es atrapada por el ojo, esa mirada camaleónica y estroboscópica, del observador ¿imparcial? que va retratando el horror –en sus palabras: “el único combustible que jamás se agota, la materia prima más y mejor repartida en el universo”– a lo largo y ancho del orbe.

No, Prohaska, tan extraordinario en tantos aspectos, no es un monstruo. Su práctica estética, siempre acompañada de una constante y docta reflexión –no llegamos a vislumbrar si es el suyo un alemán herido o si ya acarreaba en su lengua materna la tendencia al enmudecimiento que caracteriza su obra gráfica–, no debe confundirse con la indiferencia. No es un Mersault ni un autómata ni se comporta como uno de esos niños abducidos del pueblo de los malditos, de modo que, aunque lobo estepario, y por lo tanto ajeno a las principales corrientes estéticas de su tiempo –qué diferente su hiperrealismo abismado del realismo socialista en vigor–, podemos incluso llegar a decir que, a su modo, también representa al intelectual en situación, o por qué no, a aquel que frente a la razón instrumental opone cierto tipo de “razón compasiva”, como la llamó Reyes Mate, para destapar la “herencia oculta” del presente, donde moran los vencidos, situando al espectador ante “un mundo desconocido sin el que no podemos ser morales”. Porque Prohaska, el hombre capaz de enfrentarse al horror con los lápices y objetivos a modo de escudo de bronce, es también el hombre que ama, que sufre y que conoce la felicidad, que lee y escribe, que se agrieta, que se aproxima al borde de la locura. Por eso, perseguirlo a él es perseguirnos a nosotros mismos. Todos estamos infectados. Y el narrador, más Ricardo Menéndez Salmón ahora que nunca, salta la barrera y, sin olvidar que como sujeto es antes que nada el objeto de sí mismo, siente que debe desnudarse, todavía un poco más. No le basta con ser el alter ego del “mitógrafo”, con compartir con nosotros sus obsesiones, con, desafiando la autoridad del silencio, rellenar de digresiones los vacíos, con rendir tributo –tan inmotivado como hermoso el que dedica a Faulkner– a algunos de sus iconos, ni con preguntar y responder, a veces solemne, otras al límite del balbuceo, del “atollo” vallejiano, de forma incesante. No, al autor no le es suficiente, entre la mesurada polifonía, con acariciar la omnisciencia en alguna ocasión (¿o cómo sabe si no, que Prohaska no miente o muy rara vez?), ni con jugar a ser el creador y el intérprete, como si quisiera cegar la posibilidad de la exégesis a los que habrán de llegar más tarde, porque lo que no está dicho, se encuentra insinuado, atrapándolos en el propio gesto de interrogación que suspende en el vacío como una estrella que irradia toda la obra. Ni la arquitectura textual ni la verosimilitud del artificio se resentirían sin esta parada, sin esta irrupción del yo del autor. Incluso nos surge la duda de si era realmente necesario. Pero algo impulsa poderosamente a nuestro guía – Prohaska me fecit–, a certificar verdaderamente que el protagonista y su historia son mucho más que simple literatura. Y así, Prohaska no recalará en España por casualidad. Ni visitará una cárcel de Gijón por casualidad. Prohaska en el escritorio, es más que material de trabajo que clasificar, un mapa incompleto al que hay que dotar de sentido. La imagen de la boda de dos presos republicanos en una cárcel franquista, tomada por el protagonista en septiembre de 1949, el año en que nació la madre del escritor, se sitúa así junto a las fotos de los hijos y de la esposa aproximando el personaje a los “puntos cardinales” de la vida del autor: “Prohaska ha asistido a mi matrimonio, a la muerte de mis padres, al nacimiento de mis hijos. Ha asistido a algunos de mis triunfos, a la mayoría de mis fracasos. A mis demoliciones, a mis resurrecciones, a mis escasas epifanías”.

Ese “espacio privado y único” es en el que ha destilado Menéndez Salmón, valiéndose de “los afilados ruidos de la escritura/duros como el cristal” (Celan, cómo no), Medusa, ciento cincuenta páginas de depurada, de meditada prosa, en las que la “crítica hidráulica”, dicho sin intención peyorativa, podrá encontrar sin duda un fértil campo de estudio pues, a las referencias explícitas que el autor, siempre franco a la hora de reconocer sus deudas, comparte con los lectores, habría que sumar todas aquellas que, voluntariamente o no, introduce, y que cada cual podría hallar, en función de su propio bagaje, tras una lectura atenta. De este modo, ya sea desde un plano formal o por participar de cierto clima espiritual, la gran tradición novelística rusa y centroeuropea, la filosofía alemana, del Más antiguo programa de sistema del Idealismo alemán a Walter Benjamin, los existencialistas franceses o autores, reconocidos maestros, como Pierre Michon y W.G.  Sebald podrían perfectamente rastrearse en un libro que también exuda esa sustancia que impregna ciertas películas de Rossellini, Tarkovski, Bergman o Theo Angelopoulos. Todo, como en cualquier arte-facto, nos es familiar, pero es en la sabia administración y combinación de los elementos, donde el autor, como un moderno compilador homérico, se muestra como ese orfebre lúcido y penetrante que trata de ordenar el caos tratando de permanecer a flote mientras atraviesa las pantanosas aguas de la trascendencia.

Emanando clasicismo, Menéndez Salmón ha construido no sólo uno de los títulos de la temporada sino una gran novela europea en la que, combinando ficción, ensayo, crónica, autoficción e, incluso, puntualmente, poesía–el autor pertenece a la escuela de los que, como Nietzsche, son proclives a “parir centauros”– despliega una enorme ambición para triunfar allí donde la mayoría habría fracasado estrepitosamente, bien chocando contra la Escila de la pedantería, bien sucumbiendo a manos de la Caribdis de un vacuo diletantismo. El resultado es un libro que se descubre (mejor en seis que en tres horas) con asombro, que hay que leer o con los ojos muy abiertos o entrecerrados, no hay término medio, y que, a falta de poder ser memorizado, se relee con deleite a través de un continuo subrayado. Además, por si todo esto no fuera suficiente, al lector de Medusa, aún le ha sido reservada una última sorpresa, un postrero y esencial “reconocimiento”.  No cabe esperar aquí ninguna solución a un enigma que nunca es planteado, al menos en estos términos, sino una nueva clave dispuesta, es verdad que a modo de novela policíaca, justo al final y que, precisamente por suponer un regreso al origen, termina de enfocar lo que todo el tiempo entreveíamos de un modo más o menos confuso a través de la condensación del símbolo, amplificando el sentido de la obra entera al consumarse la actualización del mito que la funda. Llegado a este punto, el lector ya tendrá en su poder todos los elementos para juzgar hasta qué punto debemos asumir una de las frases más desasosegantes del texto, esa especie de versículo, desencantada visión de los Himnos de la noche, esculpido por el autor casi a propósito para concluir una mirada como la presente, y que reza:

“Qué largo es el camino que conduce de casa a ninguna parte”.

[Artículo publicado originalmente en FronteraD.]

viernes, 17 de mayo de 2013

Navona Editorial nos invita a redescubrir ‘Hadjí Murat’, novela corta de carácter histórico que supone la última gran obra de Lev Tolstói



Hadjí Murat.
Lev Tolstói.
Edición de Víctor Andresco.
Traducción de Irene y Laura Andresco.
Navona Editorial.
204 páginas.
PVP: 16 €.
Fecha de publicación: mayo de 2013.

Publicada de forma póstuma, aunque no íntegra aún, en 1912 Hadjí Murat es una novela corta que supone, en un postrero aliento revitalizador, el último trabajo literario de fuste de Tolstói, (1828-1910), quien dedicó nada menos que ocho años a su preparación.  Al parecer, según las cartas que escribió a su hermano Sergei, el autor, que luchaba por su vida mientras daba existencia a esta historia, habría escuchado por primera vez la historia del personaje real en el que está inspirada la acción mientras servía como soldado en el Cáucaso, donde trató a algunos de los tipos que aparecen en la obra, a lo que añadiría posteriormente nuevos datos provenientes de su búsqueda en los archivos de la época.

Muchas de las constantes del libro estaban enraizadas en las preocupaciones más hondas del escritor. Así,  el concepto de rebeldía, la resistencia frente a las exigencias del mundo, el papel del determinismo en el desenvolvimiento del individuo o la confrontación entre Occidente y Oriente alimentan la obra protagonizada por este avariento y arrojado djiguit –término árabe utilizado para designar  a un jinete–, comandante de graduación que, por motivos de venganza personal, forja en torno a mediados del siglo XIX, reinando el zar Nicolás I, quien es descrito con tintes sombríos, una frágil alianza con los rusos contra quienes había estado luchando.

La vibrante y dramática historia de este musulmán del Cáucaso, “cardo mancillado” –precisamente a la visión de un cardo en Pirogovo, “negro de polvo (…) en medio del vasto campo”,  como anotó en su diario, debe el deseo irreprimible de escribir la historia– que ahora de nuevo con traducción de Irene y Laura Andresco nos trae el más que interesante sello Navona, ha sido comparada con otra gran obra de las letras rusas, como La hija del capitán de Alexander Pushkin, así como, nos recuerdan desde la editorial, con el propio Shakespeare, por la “extraordinaria facultad de dotar de una existencia exuberante incluso a los personas más secundarios”.  Una afirmación, la anterior, tanto más elocuente cuando todos recordamos los furibundos ataques que el escritor ruso le dedicó al genio de Stratford-upon-Avon. Al fin y al cabo, contra quien arremetía el autor de Guerra y Paz, como señaló oportunamente en su día George Orwell, era contra el pensador y el profesor, contra el “escritor inmoral”, no contra el portentoso forjador de caracteres a cuya familia, dentro del canon occidental, no puede por menos que pertenecer el creador de esta pequeña joya descrita por Harold Bloom como “el mejor relato del mundo”.

jueves, 16 de mayo de 2013

El gran Gatsby: ¿la novela más traducida de la década?




Publicada en 1925, El gran Gatsby, pese a no haber sido demasiado bien acogida en vida del autor, está considerada, especialmente a partir de que en la segunda mitad del siglo XX fuese incorporada al canon de la literatura estadounidense, como una de las grandes novelas de Francis Scott Fitzgerald: “He leído su libro y es un buen libro”, escribió visionariamente Gertrude Stein tras su lectura.

Ahora, casi un siglo después de su aparición original, y coincidiendo con el inminente y esperado estreno en Cannes de la versión cinematográfica dirigida por el siempre espectacular Baz Luhrmann –al frente de un reparto del que destacan nombres como Leonardo DiCaprio o Carey Mulligan–, este imperecedero retrato de la alta sociedad estadounidense de los agitados (y mezclados) años veinte ha vuelto a cobrar actualidad aprovechando de el buen momento editorial por el que transita la obra del escritor estadounidense en el ámbito hispano, como evidencian el interés que despierta la vida de la familia, en especial en lo concerniente a la fascinante Zelda, o por citar un solo caso más, la reciente aparición de Cartas a mi hija.

Que un escritor de la talla de Scott Fitzgerald esté de plena actualidad es motivo de alegría. Nos produce pareja satisfacción a la que sentimos cuando vemos cómo otros grandes autores como André Gide, Charles Dickens, Jane Austen o, algo en principio inaudito, Thoreau, vuelven a reeditarse con asiduidad. Resulta esperanzador encontrarnos con ellos en las librerías frente a la implacable realidad de las listas de ventas. La perplejidad, sin embargo, asoma cuando de una novela, por importante que sea, como El gran Gatsby, comienzan a aparecer, como en una desbocada carrera, nuevas y más nuevas ediciones y traducciones en un lapso de tiempo tan reducido.

Si no tuviéramos otras pruebas igualmente contundentes de lo contrario, tendríamos que empezar a pensar en que el mercado editorial español se ha quedado sin ideas. Pero, sabemos que no es así. Bien está que la obra, suponemos, esté libre de derechos, ¿pero justifica esto el que todo el mundo quiera tenerla en su catálogo? ¿Cuántos ejemplares se venderán en total si sumamos todas las diferentes publicaciones? ¿Y qué lleva a un sello, por flamante que sea la traducción o el formato, a publicar una más sabiendo que acaba de salir al mercado otra docena de tiradas diferentes del mismo título? Y, no menos importante, ¿por qué sucede esto, en este preciso momento, con El gran Gatsby y no con novelas incluso tal vez más próximas a la sensibilidad de nuestra época como Santuario, El viejo y el mar o Las uvas de la ira?

En fin, mientras sigo buscándole alguna explicación a este enigma les dejo aquí, no es descartable que falte alguna, las portadas de las ediciones del libro que se han publicado en español sólo en los dos últimos años.  Sí, desde 2011 en adelante. Ya les dejo a ustedes el ir pensando también si no estaremos asistiendo al nacimiento de una nueva rama filológica: la Gatsbyología. 


Debolsillo
Paréntesis
Nórdica

RBA.
Reino de Cordelia.
Alfaguara.
Sexto Piso.
Alianza Editorial.
Losada.
Anagrama.
Anagrama. Compactos.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...