miércoles, 6 de febrero de 2013

Humor en tiempos revueltos: Todd McEwen, Alan Bennett, Geoffrey Willans y Ronald Searle protagonizan algunas de las novedades más divertidas del mes de febrero


En tiempos sombríos como los actuales, en los que la realidad tiene cara de pozo y el futuro parece no querer abrirse y cuando lo hace se nos presenta como un tímido puntito de luz  allá a lo lejos (y agradezcan que no siga enumerando todos los trillados símiles nocturnuosos que se me vienen a la cabeza), nos alegra comprobar que hay sitio en las editoriales, que tampoco están precisamente para tirar cohetes habida cuenta de los descensos continuados de ventas en los últimos años, para esos títulos (otra cosa es que nos dé el bolsillo) que nos permiten observar el presente con al menos una sonrisa puesta. No se trata de invitarnos sin más al escapismo, a la evasión vacua e insustancial. Más bien, al contrario, la virtud de este tipo de obras reside en su capacidad de penetrar en la costra de las cosas y descubrirnos nuevos matices allí donde antes sólo veíamos prosaísmo, absurdo e incluso bajeza.

Los autores y títulos que a continuación mencionaremos, y que la actualidad editorial ha vuelto a situar frente a nosotros en este mes de febrero, pese a pertenecer a épocas distintas, sin dejar de seguir siendo nuestros contemporáneos, y practicar estilos diferentes, saben sobradamente que el humor es una cosa muy seria, de ahí que a través del tratamiento irónico, zumbón, cáustico incluso que por momentos los caracteriza, consigan divertirnos sin ocultar la carga crítica que tales textos encierran, poniendo al descubierto, bajo una nueva luz, nuestras propias miserias.

Repasamos así brevemente estas tres novedades, insistimos, muy diferentes entre sí, pero atravesadas por ese cordón de hilaridad que tan saludable puede resultar a quienes observamos con pavor todo lo que sucede alrededor nuestra. Por no decir que directamente dentro de nosotros.


Boston: sonata para violín sin cuerdas.
Todd McEwen.
Traducción de Enrique Maldonado Roldán.
Automática Editorial.
304 páginas.
PVP: 19,9 €.
Fecha de publicación: febrero de 2013.

De “extraña simbiosis entre caricatura y crítica”, califican en Automática Editorial, sello que tras un breve y merecido descanso impresor vuelve a reclamar nuestra atención, Boston: sonata para violín sin cuerdas, primera novela Todd McEwen, publicada en 1981 fruto de su experiencia en la ciudad que le da nombre y en la que  el escritor estadounidense afincado en Escocia arremete contra modas, costumbres y revisa el Transcendentalismo impulsado por Emerson y Thoreau, exprimiéndolo hasta sus últimas consecuencias: el Minimalismo Vital.

William Fisher lleva una vida tranquila en Boston, trabaja como administrador en el Instituto de Ciencias, tiene una novia y toca su violín (don Chirridos). Hasta que un buen día, durante una excursión a Walden (y tras la inesperada aparición del fantasma de Thoreau), Fisher resbala sobre la superficie helada de la laguna y se golpea la cabeza perdiendo el conocimiento. Desde ese instante todo parece conjurarse en esta historia traducida por Enrique Maldonado Roldán para que nada en la existencia de William vuelva a ser como antes. Le esperan un sinfín de bizarras coincidencias y bochornosas trifulcas que, en menos de una semana, lo empujarán a liderar una estrafalaria revolución y a participar en una espectacular persecución policial, en su particular y satírica huida del mundo moderno y sus absurdos.


¡Abajo el colejio!
Geoffrey Willans / Ronald Searle
Traducción de Jon Bilbao
Formato: rústica. 13 x 20 cm.
112 páginas
PVP: 15,95 €
Fecha de publicación: febrero de 2013.

De la mano de Impedimenta, uno de nuestros sellos favoritos y cada día el de más gente (graciosillos estamos) y con traducción de Jon Bilbao nos llega en estos albores de febrero este clásico de la literatura ilustrada del XX. Considerada una de las creaciones más gamberras jamás escritas, ¡Abajo el colejio! inaugura las aventuras del famoso colegial Nigel Molesworth, un claro antecedente inglés del Pequeño Nicolás y gran éxito de ventas en Gran Bretaña en los años cincuenta.

Nigel Molesworth es un estudiante maléfico que vive interno en el Colegio de San Custodio, que tiene solo 62 alumnos y que, según Nigel, “fue construido por un lunático en 1836”. Nada escapa a su ojo clínico, y suele encontrar poco tiempo para tostones como la biología o la poesía. Prefiere, sin embargo, saltarse las clases o hacer gamberradas con Peason, su mejor amigo, con quien protagoniza frecuentes expediciones interplanetarias, con Fotherington-Tomas, el tonto del grupo, o con Molesworth-2, su hermano pequeño, al que zurra en cuanto tiene ocasión.

¡Abajo el colejio! nace del encuentro del talento y la imaginación del periodista y escritor Geoffrey Willans, a quien se le ha comparado con frecuencia con el Evelyn Waugh más satírico, y del caricaturista Ronald Searle, creador del célebre cartoon St. Trinian´s School
del que nacería una serie de populares películas– y que colaborara con sus dibujos para periódicos como Tribune, Sunday Express o News Chronicle, y revistas como The New Yorker, Life o Holiday.

Después de el éxito en 1953 de ¡Abajo el colejio!, este tándem creativo terminaría conformando una tetralogía en torno al personaje de Molesworth, que se completa con How to be Topp (1954), Whizz for Atomms (1956) y Back in the Jug Agane (1959).


Dos historias nada decentes.
Alan Bennett.
Traducción Jaime Zulaika.
Anagrama.
160 páginas.
PVP: 15.90 €.
Fecha de publicación: febrero de 2013.

El también actor, guionista y dramaturgo Alan Bennett, se ha convertido en uno de los más reconocidos escritores de la literatura inglesa actual. Obras como Una lectora nada común, en las que el autor dibuja el perfil librófago de la reina Isabel II de Inglaterra nos lo dieron a conocer para el gran público en España y ahora, de nuevo de la mano de Anagrama, vuelve a demostrarnos en Dos historias nada decentes por qué es actualmente reconocido como uno de los maestros del humor británico, un territorio en el que, como todo el mundo sabe, no faltan cualificadísimos competidores.

En “La señora Donaldson rejuvenece”, primero de los dos relatos largos que integran el volumen, conocemos a esta viuda reciente, de cincuenta y cinco años, con una hija casada, puritana e insoportablemente convencional que pretende que su madre viva reverenciando la memoria de un difunto marido muy aburrido. Aburrimiento contra el que la señora Donaldson no se rebelaba, y ni siquiera cuestionaba, educada en la firme creencia de que ser y hacer lo que se espera de nosotros son los pilares de la cotidiana felicidad. O conformidad. Pero ahora su vida comienza a cambiar. Consigue un trabajo en un hospital: actúa interpretando a pacientes, con sus correspondientes enfermedades, para ilustrar las clases del doctor Ballantyne. Y, de interpretación en interpretación, la señora Donaldson comenzará a descubrir pliegues y honduras que ignoraba de sí misma. Sí, piensen bien y acertarán.

En La ignorancia de la señora Forbes, segundo de estos dos relatos traducidos por Jaime Zulaika, Bennet vuelve a usar su bisturí para ofrecernos un conmovedor y grotesco retrato de la clase media a través de la noticia de la boda de Graham Forbes, quien se dispone a casarse, ante el horror de su madre, con una chica muy rica, pero muy fea que lleva el muy vulgar nombre de Betty. La dominante y esnob suegra no entiende el porqué de todo esto. Para ella los guapos se casan entre sí, y los feos igualmente, sin contar con que su familia está en el escalón más alto de la clase media, donde no se usan nombres como Betty. Sin embargo, la señora Forbes ignora muchas más cosas de las que sabe... Algo nada casual si consideramos que como señaló Nora Krug en The Washington Post, refiriéndose a estos relatos, aunque igual podría aplicársele a otras creaciones de Bennett: “el autor nos muestra cuán equívocas pueden ser las apariencias. Y hasta las apariencias de las apariencias”.

lunes, 4 de febrero de 2013

Minúscula publica el quinto de los seis volúmenes que integran los 'Relatos de Kolimá' de Shalámov en lo que supone la primera traducción al castellano de esta gran serie



Nos siguen llegando buenas noticias para los admiradores de las letras rusas después de que, por citar algunos, en los últimos tiempos hayamos saludado en este mismo blog la aparición de libros como la traducción de la prosa completa de Ajmátova, una nueva edición ilustrada de La muerte de Iván Ilich o la publicación de la última obra de Anna Starobinets. Y es que esta semana llegará a las librerías el quinto de los seis volúmenes que integran los Relatos de Kolimá de Varlam Shalámov, uno de los escritores que más poderosamente nos ha trasladado sus experiencias en los campos de trabajo siberianos, a los que consiguió sobrevivir milagrosamente.

En El guante o RK-2 (RK son las iniciales de Relatos de Kolimá) el también poeta y periodista ruso, así como autor de una amplia producción autobiográfica, nos entrega el último de los volúmenes, ordenados por él mismo, en los que utiliza el cuento como vehículo de expresión, toda vez que la forma literaria escogida por el autor en el sexto y último apartado de la colección será la del ensayo.

Se trata de veintiún relatos escritos en su gran mayoría entre 1970 y 1973, en los que, a pesar del deterioro de su salud a causa de largos años de terribles privaciones, el autor, para Jorge Semprún, “sin duda el más grande escritor de la experiencia de los campos de concentración del siglo XX, sea en los campos nazis o en el gulag soviético”, no renuncia a continuar con su ingente tarea de encontrar las palabras justas que traduzcan la herida de Kolimá, su paso por un mundo deshumanizado al que tuvo que hacer frente en dos periodos distintos durante casi una veintena de años.

Con El guante o RK-2 Minúscula publica el último de los volúmenes de cuentos que conforman los Relatos de Kolimá de Shalámov
Varlam Shalámov (Vólogda 1907-Moscú 1982), el más joven de los cinco hijos de un pope, viajó en 1924 a Moscú donde, tras trabajar en una fábrica, inició estudios de derecho. En 1929 fue detenido y condenado a tres años de campo de trabajo en la región de los Urales por difundir la célebre Carta al Congreso del Partido, considerada el testamento político de Lenin, crítica con la brutalidad de Stalin. En 1932 regresó a Moscú; allí trabajó en revistas y escribió poemas y relatos. En 1937 fue detenido de nuevo y condenado a cinco años de trabajos forzados en la región de Kolimá, en Siberia. En 1943 volvió a ser acusado de propaganda antisoviética y fue sentenciado a permanecer en Siberia diez años más. Gracias a su trabajo como practicante logró sobrevivir hasta ser liberado en 1953 siendo rehabilitado tres años más tarde y dedicando buena de sus energías a partir de ese momento y hasta su muerte en 1982, a forjar esta amarga crónica sobre el Gulag, al tiempo que trababa amistad con otros intelectuales, víctimas igualmente de los abusos del régimen de su país, como Aleksandr Solzhenitsyn, Borís Pasternak o Nadezhda Mandelstam.

La primera edición en ruso de Relatos de Kolimá, su obra cumbre y que ahora se publica íntegra por primera vez en castellano de la mano de Minúscula, apareció en Londres en 1978, después de haber conseguido salir de manera clandestina de la Unión Soviética y de haberse publicado en forma de traducción en Occidente desde 1966. Sin embargo no sería, hasta 1987 que su obra se publicara finalmente en la Unión Soviética:  como en el caso de Vasili Grossman, del que hablábamos aquí hace unos días, coincidiendo con la aperturista etapa de Mijaíl Gorbachov al frente de la Secretaría General del Partido Comunista de la Unión Soviética.

sábado, 2 de febrero de 2013

Recordar Stalingrado setenta años después de la mano de Vasili Grossman (y Galaxia Gutenberg)




«La tierra se adapta mejor a la guerra que nosotros –corroboró Podchufárov–. Está acostumbrada.»


                                                         Vasili Grossman, Vida y Destino
 

Cuando se cumplen justamente 70 años del final de la batalla de Stalingrado (aunque Paulus al frente de un contingente de 90.000 soldados se rendía el 31 de enero, no fue hasta el día 2 del siguiente que el último grupo de miembros del ejército alemán entregó las armas) Galaxia Gutenberg ha querido aprovechar para invitarnos a que disfrutemos de algunas de las magníficas novelas de su catálogo que profundizan en este acontecimiento tan dramático como decisivo para el desenlace de la II Guerra Mundial y quién sabe si para el destino del siglo.

La efeméride debería animar a hacerlo, máxime cuando se trata de títulos de una indiscutible calidad literaria firmados por un autor cuyo nombre permanecerá ya por siempre vinculado a Stalingrado. Pero es que, además, cualquier excusa es buena para acercarse a la obra de Vasili Grossman. Nacido en Berdíchev (1905) dentro de una familia judía emancipada, este ingeniero químico de profesión empezó a escribir relatos durante su etapa universitaria, dedicándose de forma plena a la escritura mediando la década de los años treinta. Aunque se declaraba un marxista convencido nunca fue miembro del Partido, llegando a ser acusado de “menchevique” en siniestra clave irónica, por sus cercanos antes de que la Gran Purga estalinista de 1937 le sumiera en una honda conmoción que no impidió, en todo caso, que menguara su compromiso con el destino del pueblo ruso y se presentara como voluntario para ir al frente nada más estallar la Segunda Guerra Mundial o, como se la llamó en su país, la Gran Guerra Patriótica.

Serán precisamente sus vivencias durante el conflicto, que vivió como testigo en calidad de corresponsal de Estrella Roja, y que le permitirán en su viaje acompañando al Ejército Rojo hasta Berlín relatar matanzas como las de los Einsatzgruppen en Ucrania y Polonia o a dar conocer los exterminios de Treblinka y Majdanek –testimonios que serán utilizados como prueba en los juicios de Nuremberg– las que alimenten las obras por las que hoy se le reconoce de manera universal, caso de las novelas Vida y destino, Por una causa justa y Todo fluye, así como el volumen de sus crónicas del frente, Años de guerra, todos ellos publicados por esta misma casa editorial. Sin embargo, como a otros tantos de sus contemporáneos, a Grossman no le será permitido disfrutar en vida del éxito de sus obras y así, requisados por el KGB los originales de sus textos mayores y prohibida su publicación, el llamado Tolstói del siglo XX (aunque sus digresiones nos lo emparentan igualmente con Dostoievski, sin olvidar que de quien realmente se sintió deudor fue de Chéjov) moriría en Moscú en 1964 creyéndolos destruidos de forma irreparable.

Aunque Vida y destino está considerada, con justicia, como su obra maestra y una de las grandes novelas del siglo, es en Por una causa justa (traducida al español por Andréi Kozinets), donde Grossman inició el fresco de aquella monumental carnicería que fue Stalingrado. Escrita en circunstancias terribles para el autor (su hijo ha muerto en el frente y su madre, a quien dedicará su posterior trabajo y cuya desaparición le perseguirá por siempre, ha sido asesinada en el gueto) y publicada finalmente en 1952, la novela, que transcurre durante el primer año de la entrada de las tropas nazis en el territorio soviético, trasciende el realismo hegemónico y el obligado alineamiento ideológico (no habría podido ser de otra forma y eso que tuvo que reelaborar el original hasta en doce ocasiones para “adaptarse” al ideal de la literatura socialista imperante) para mostrarnos dentro de un molde clásico pero al mismo tiempo extraordinariamente vívido y emocionante los padecimientos de los diferentes estratos de la población soviética en aquellos días aciagos.

Pero será, sin duda, como decimos con Vida y destino (con traducción de Marta Rebón), donde el autor se destape como uno de los grandes prosistas bélicos de un tiempo en el que lamentablemente no escasearon. Continuando con el telón de fondo que le ofrece la sangrienta y épica batalla que mantienen el ejército nazi y las tropas soviéticas, y del que pende el destino de Europa, Grossman desplegará todo su genio narrativo –¿exageró el penetrante y lúcido George Steiner cuando afirmó que obras como esta eclipsaban “todo lo tenido por ficción seria en Occidente al día de hoy?”– para mostrarnos toda una galería de rastros que configuran un mosaico de trozos de vida de esa misma gente que en mitad de la tenaza que representan el terror estalinista, por un lado, y el horror de los campos nazis, por otro, luchan por salvaguardar la esperanza en mitad de la devastación. La vida miserable de los campesinos y el papel de los intelectuales, la estrategia militar y la labor fiscalizadora del Partido, la vida en el frente y en la retaguardia, todo está incluido en este espejo de novelas bélicas, en este brillante documento político, en esta emocionante novela de amor, lucha y esperanza que por medio de la etopeya de la saga familiar protagonista, a través del retrato del destino de la gente corriente que vehicula coralmente la obra, nos introduce en un viaje ejemplar y subyugante al corazón del siglo XX.
 
La clarividencia del buen periodista, la humanidad del hombre que duda, la sabiduría del narrador más avezado, se combinan armónicamente, preñadas de honradez intelectual en esta novela milagrosamente salvada y publicada por primera vez en Francia en 1980 a través de una literatura minuciosa en la que la reflexión remansa el relato sin caer en las trampas que pudieran tenderle el preciosismo, la autocomplacencia o un exceso de erudición –Robert Chandler, traductor al inglés de la novela acertó al decir que “Grossman es un escritor metódico; nunca trata de deslumbrar al lector”– sobre la materia que narra.

“Las agrupaciones humanas tienen un propósito principal: conquistar el derecho que todo el mundo tiene a ser diferente, a ser especial, a sentir, pensar y vivir cada uno a su manera.
Para conquistar ese derecho, defenderlo o ampliarlo, la gente se une. Y de ahí nace un prejuicio horrible pero poderoso: en aquella unión en nombre de la raza, de Dios, del Partido, del Estado se ve el sentido de la vida y no un medio. ¡No, no y no! Es en el hombre, en su modesta singularidad, en su derecho a esa particularidad donde reside el único, verdadero y eterno significado de la lucha por la vida”.

Vida y destino no fue, no podía ser la gran novela de la lucha heroica del socialismo frente al invasor. Gorki, el patriarca de las letras rusas y en parte impulsor de su carrera en los años 30, jamás la podría haber bendecido; por eso resultan tan desoladoras, patéticas hasta rozar lo inverosímil, las lamentaciones de Grossman al comprobar de qué forma era silenciado. ¿Cómo podía ser de un modo diferente? ¿Cómo pensaba el autor después de haber presenciado la crueldad del régimen bajo el que vivía que, pese a la retórica del deshielo vigente, aún Jruschov (la célebre carta que le escribió se incluye en el volumen Sobre Vida y Destino publicado por la misma editorial) podría levantar su veto, favorecer la publicación de un libro que suponía un torpedo lanzado a la línea misma de flotación de la nave del Estado, un libro, como se encargaron de recordarle sus censores, más peligroso todavía que el Dr. Zhivago de Pasternak y que, por lo tanto, no podría ser publicado lo menos en doscientos años? Hay que tener una fe inmensa en el ser humano para intentar convencer al jefe supremo de la URSS de que su “verdad” merecía ser revelada. De que muerto Stalin se acabó la rabia. Que no era un libro “político”, decía el infeliz. ¡Qué insolencia! El padrecito, es verdad, no lo habría consentido. ¿Es que acaso no era plenamente consciente Grossman, ¡un judío, además!, de que junto al homenaje al pueblo sufridor, encarnación del verdadero espíritu de resistencia, del compromiso con aquellos valores humanos que reposan en la fraternidad y la compasión, Vida y destino destapaba su profunda animadversión hacia el reinado del terror desplegado por el régimen comunista, un terror que ni siquiera la épica defensa de Stalingrado (especialmente de cara al exterior) era capaz de ocultar? Sí, indudablemente, lo sabía.

En Todo fluye, su testamento literario (con traducción igualmente de la también traductora y crítica cultural Marta Rebón), el autor dará un paso más en su labor de equiparación de fascismo y comunismo. El divorcio respecto a sus viejas ilusiones es ya total, su abandono absoluto, su conversión, que lo convierte en un caso prácticamente único, plena; no hay lugar para la esperanza y así, olvidado de todos, con la muerte acechándole, ya no encontrará obstáculo para no presentar a los dos grandes bloques ideológicos de masas como versiones de un mismo fenómeno totalitario. “Y cuando Grossman –nos recuerda Todorov– habla de las víctimas de uno u otro régimen totalitario, muestra la misma emoción y experimenta la misma compasión”. Queda patente que una misma lógica acerca el pensamiento de los verdugos hasta hacerlo prácticamente indiscernibles y si en su obra anterior podíamos intuir que no sólo se refería al nacionalsocialismo cuando hablaba de aquellos que habían creado un nuevo tipo de prisioneros políticos (“los criminales que no habían cometido ningún crimen”), ahora la denuncia se vuelve frontal, despiadadamente inconveniente y sobrecogedora Así, nos encoge el corazón escuchar la voz de Anna Serguéyevna al recordar:

“¡Cuánto sufrió esa gente, cómo los trataron! Pero yo decía: no son seres humanos, son kulaks. (…) Para matarlos, había que declarar: los kulaks no son seres humanos. Igual que decían los alemanes: los judíos no son seres humanos. Es lo que dijeron Lenin y Stalin: los kulaks no son seres humanos”.

Por eso, a pesar de que constituyen obras con identidad por separado, las tres anteriores pueden y deben considerarse como un todo de más de 2.000 páginas que conforma uno de los documentos literarios más excepcionales del siglo XX. “Sus manos de obrero, grandes y fuertes –recordaría, Boris Yampolski, un escritor que lo trató mientras escribía su gran obra– parecían manejar un martillo o un cincel, y no una frágil pluma mojada en tinta”. El resultado fue un libro que era como “una catedral, majestuosa, moderna, austera, y portadora de luz; la santa luz de nuestra época”.

Setenta años después, Stalingrado sigue siendo un mito del siglo XX, pero desgraciadamente tiene que ser de un orden muy distinto al que quisimos (por idealismo o ignorancia) abrazar cuando aún éramos inocentes, acaso un hito llamado a permanecer en la memoria de los hombres como un nuevo Verdún, y no como el símbolo –sólo hay que levantar sin prejuicios un momento la cortina para comprobar qué ocurrió en el Este en las décadas posteriores para comprobar esta amarga verdad– del triunfo de la libertad frente al demoníaco retumbar de las botas del III Reich. Sin embargo, gracias a autores como Grossman, a su retrato de las gentes humildes que deambulan por sus novelas, podemos aún imprimirle un nuevo sentido a aquella trágica experiencia, como si su trilogía fuera un salvavidas, puede que pinchado, de acuerdo, pero suficiente para mantenernos durante un tiempo más a flote; o mejor, como una vela encendida, sí, eso es, como una vela cuya llama oscilante reposa en el altar de la “bondad sin testigos, pequeña, sin ideología”, de la “bondad sin sentido”.

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