Mostrando entradas con la etiqueta La entrevista del domingo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta La entrevista del domingo. Mostrar todas las entradas

domingo, 13 de enero de 2013

Kepa Murua: “No cambio ninguna coma de lo que escribí, pues este es un trabajo literario sin más, como otro cualquiera, aunque muchos no lo comprenderán y me llevará, lo más seguro, a la soledad más extrema”

“Al principio era el nombre. Esa frase resuena todavía en mis oídos como una pequeña jugarreta del azar. Comenzar con uno de resonancias literarias como «Bassarai», en honor de las bassarides o bacantes tracias que dieron muerte a Orfeo. 
Un proyecto que no sabemos cuánto durará”.
Así se inicia, un 1 de enero de 1996, el diario profesional de Kepa Murua y, consecuentemente, la primera parte (titulada Los pasos inciertos) de las Memorias de un poeta metido a editor publicada por Milrazones y en la que se recogen los apuntes correspondientes a aproximadamente –hoy ya sabemos por desgracia cuánto duró– la mitad de los quince años de vida de la editorial vasca dirigida por este poeta y ensayista nacido –pese a seguir siendo un “joven de edad indeterminada”, como leemos en el prólogo– hace cincuenta años en Zarautz.

Bassarai fue uno de esos proyectos “suicidas” que arrastrando una mala salud de hierro a lo largo de su intensa singladura consiguió, casi siempre a contrarriente y luchando contra las inexorables leyes de la industria cultural, publicar más de 160 libros de decenas de autores que conformaron un catálogo personalísimo e innegociable de las letras contemporáneas.

Cuando se hizo público el cierre de la editorial, el autor de Siempre conté diez y nunca apareciste o Cavando la tierra con tus sueños –que también, por cierto, ha publicado en los últimos meses su hasta la fecha último (y extenso) libro de poemas, Escribir la distancia, dejó escrito: “Quedan la mirada que compartimos y las palabras que escribimos si las páginas que leemos pasan de unas manos a otras”. Pero, en realidad, quien también se dispone próximamente a publicar su primera novela, nos dejaba mucho más, incluyendo unas memorias que el prologuista del volumen, Javier Menéndez Llamazares, define acertadamente como un “pedazo palpitante de vida” y a las que el propio Murua se ha referido recientemente como “un documento vivo sobre una época concreta”.

El periodo en cuestión atraviesa los años que van de 1996 a 2004, lo que nos permite aproximarnos a una convulsa etapa de la vida vasca y española marcada por la amenaza terrorista –no podemos olvidar, a este respecto, que el euskaldún Murua monta una editorial en castellano en ese turbulento Euskadi–, y que coincide, además, con carácter general con la eclosión de herramientas como internet, a la que el editor, sin perder por este motivo su concepción “tradicional” del oficio, sabrá sacar partido, como pone de manifiesto su apuesta por la creación de la revista digital Espacio Luke.

Pero, son sin duda, sus reflexiones, visceralmente lúcidas a pesar de que puedan resultar en ocasiones no ya sólo incisivas o implacables sino violentas, sobre la edición y sobre el mundo literario, y que se entreveran con sus apuntes, los hay hermosísimos, de índole más biográfica (manteniendo a buen recaudo su intimidad) los que centran estas memorias. En este sentido, la condición de “poeta metido a editor” de Kepa Murua les añade un interés suplementario, al combinarse entre sus páginas la crónica pormenorizada de la evolución del sello con fragmentos de poética, perfiles no siempre amables de algunos de los nombres propios de la vida literaria de aquel tiempo y retazos de actualidad.

Pero, antes de seguir desgranando qué podrá encontrar el lector, si es que ya no lo ha hecho, en Los pasos inciertos, mejor será que nos lo cuente su protagonista.

Kepa Murua (Zarautz, 1962).
EL LIBRÓFAGO.- ¿Cuánto se ha callado Kepa Murua en estas memorias? ¿Ha sentido la tentación, pensando en su edición, de retocarlas, añadiendo o quitando algo?
KEPA MURUA.- Lo pensé, pero no lo hice. Con la corrección del libro sentí una punzada en muchas de las entradas, pero preferí mantener el ritmo y la pureza de lo escrito en su momento.

E.L.- Su condición de poeta metido a editor resulta el elemento central para entender la atmósfera espiritual del libro. Nunca parece sentirse del todo “poeta y editor”, sino más bien “poeta pero también…”. Se percibe que la de editor es una segunda o tercera piel, nunca la más importante. ¿Hasta qué punto puede llegar a separar los dos campos o es capaz igualmente de extraer lecturas provechosas de uno que puede aplicar al otro? Por ejemplo, imagino que su condición de autor le podía resultar útil a la hora de tratar en calidad de “empresario” con otros autores. Aunque no sé si esto es siempre una ventaja o puede incluso llegar a resultar un lastre suplementario por exceso de empatía.
K.M.- Los pasos inciertos son las memorias de un poeta metido a editor. En esta primera parte que va de 1996 hasta 2004 se observa el aprendizaje del oficio por parte de un poeta que no abandona su creación. Siempre pensé por lo demás, que el equilibro, o si se me permite, la maravillosa esquizofrenia entre el editor y el poeta, podrían convivir, pues tanto el mundo de la edición como el de la poesía se daban la mano perfectamente en mi trabajo. En cuanto a la relación con otros autores es evidente que era capaz de ponerme en su lugar y comprender sus planteamientos o intereses, aunque fueran en contra de los intereses del editor. Aceptarlos ya era otra cosa. En cualquier caso, prefería hablar con ellos mirándonos a los ojos.

E.L.- ¿En lo que más se parecen la poesía y la edición es en que son carreras de fondo, en que sólo el que resiste vence?
K.M.- Puede ser. Tratándose de la edición más literaria, otro rasgo en el que coinciden es en la soledad de sus protagonistas.

E.L.- No sé si la soledad del editor es aún más cruda que la del poeta. En cierto modo a este último se le presupone casi como una condición necesaria: ese hablar de soledad a soledad. Pero el primero está rodeado siempre de otros: escritores, traductores, libreros, distribuidores, críticos, periodistas, lectores, a los que se dirige y de los que depende. Por su aspecto nadie lo diría, ¿pero el editor joven, si es insumiso, envejece pronto?
K.M.-A los insumisos los metían una temporada en la cárcel, pues las leyes en aquellos años eran diferentes a las de hoy. Un editor joven, insumiso, a contracorriente, si quiere seguir adelante ha de cambiar su mirada y su manera de actuar, y debe amoldarse a menudo a un mundo literario y empresarial cambiante. Eso de insumiso queda bien para los editores más mayores que quieren parecer más jóvenes.

E.L.- ¿Cuántas veces sintió su trabajo como editor como un obstáculo para su literatura y en qué casos, por el contrario, tuvo la sensación de que ese contacto profesional con otros autores y literaturas le enriquecía de cara a su creación?
K.M.- Es evidente que a la gente de la cultura y de los medios no les gustan los editores que son poetas. Parecían decir: o una cosa u otra. En mi caso, a menudo pude ver cómo la figura del editor eclipsaba a la del poeta, y cómo el tiempo dedicado a la edición restaba presencia a mi propia literatura, aunque este hecho no lo viví como un drama, sino como una realidad que se imponía por sí sola. Como editor también accedí a otra realidad enriquecedora y pude conocer otros textos, otras maneras de traducir la literatura por ejemplo, incluso otro tipo de realidades y experiencias que no hubiera conocido si solo hubiera sido un poeta.

E.L.- ¿Qué le cuesta más a un poeta metido a editor? ¿Escribir un buen libro de poemas o vender un buen libro de poemas?
K.M.- A estas alturas soy capaz de vender un libro en poco tiempo, solo necesito que el cliente me conceda unos segundos. Pero a nivel general, si hacemos caso a las necesidades del mercado, parece más fácil vender un mal libro que un buen libro. Sea lo que sea, no deberíamos olvidar que todo comienza en la creación, que escribir un buen libro no está a la orden del día y que tampoco lo saben hacer muchos de los que dicen ser escritores. En todo caso, hay que ser serios con estas cuestiones: escribir un buen libro es costoso, tanto como editarlo y venderlo.

E.L.- ¿Son la falta de humildad, la vanidad, la envidia, los brillos falsos, lo que caracteriza a buena parte de la élite cultural española? ¿Y si en el fondo todos lo saben, por qué tan pocos dicen nada? Al fin y al cabo, si los intelectuales de este país, como dice en algún momento, no son muy inteligentes, no costaría tanto bajarlos de sus poltronas, ¿no?
K.M.- Bueno, no me quiero extender mucho en este asunto porque creo que en mis memorias me mojo demasiado. Lo que constato es que por lo general se repiten los nombres que aparecían hace unos veinte años. En cuando a lo de los intelectuales deberíamos hablar con propiedad en todos los sentidos, aunque algunos de los más interesantes parece que no quieren abrir la boca en estos momentos o no lo hacen con un altavoz público o mediático de por medio.

E.L.- “Somos y seremos unos parásitos, pero nunca unos funcionarios”. Y dos años después: “La ecuación es la siguiente: editar con uñas, arriesgar y limar las palabras con dientes. El problema, como siempre, es la soledad al fondo”. ¿Puede una editorial subsistir sin “influencias”, sin hacer concesiones políticas o mercantilistas, sin padrinos, apostando única y exclusivamente por valores literarios? ¿Me anticipo demasiado a su respuesta si digo que puede subsistir exactamente quince años?
K.M.- Me atrevo a decir que solo podría durar hasta que acabe su ciclo.

E.L.- ¿Hay en España tanto “editor fantasma” como sostiene en algunas de sus primeras anotaciones? Le pediría que me desarrollara un poco más este concepto, que me explicara cuáles son esas “trampas” que tantos editores, según asegura, suelen utilizar de manera casi rutinaria.
K.M.- No hay que ser muy imaginativo para darse cuenta de lo que hablo. Lo que sí quiero decir es que, pese a todas esas trampas, el editor es necesario.

Algunos de los títulos publicados por la editorial Bassarai.
E.L.- Se palpa a lo largo de las memorias una aversión profunda hacia los cenáculos literarios, las camarillas, los “amigos de los amigos”, de todos aquellos grupos que de algún modo copan la atención mayoritaria de medios y lectores. El fresco que pinta resulta desolador. Habla de la literatura española como de una “literatura prostituida”, de “vulgar repetición”, de “basura con buenos modales”. Como lectores tenemos la sospecha de que lo extraliterario juega un papel fundamental, leyendo a algunos de los grandes escritores de tiempos pasados no faltan testimonios que lo atestigüen y, sin duda, antes de meterse a editor usted ya debía figurarse algo. Pero cuando decidió emprender la aventura de Bassarai, ¿podía prever que hasta el extremo del que deja constancia en estas memorias?
K.M.- Fundé una editorial como Bassarai porque no existía una infraestructura cercana para los autores, especialmente vascos, donde pudieran crecer como escritores con textos interesantes. Lo hice por una necesidad de impulsar un relevo generacional, y para que se conociese a una serie de poetas europeos que eran desconocidos en España. La idea me perseguía desde 1995, pero luego la empresa se fue complicando y me atreví con auténticas rarezas que dieron que hablar en el campo de la literatura. En todo caso, fue una aventura donde aprendí de literatura, de edición, de política y de economía mientras pensaba que el mundo podía transformarse con la poesía o con el arte. Fui un ingenuo, lo sé, pero también en este sentido aprendí rápido.

E.L.- Se percibe que conforme avanza uno en la lectura de sus memorias va haciéndose más ostensible su distanciamiento de la cultura oficial dominante, sea la vasca o la española. Se siente un “extranjero” y me da la impresión de que el tono se suaviza con el paso de los meses y las páginas, como si se hubiera acostumbrado a vivir en el túnel y le invadiera cierta resignación. Sigue luchando pero no sé si mantiene la fe o es la forma que ha adoptado la inercia. Hay una frase de 2003 que creo concentra esta impresión: “Quién me llamaría a mí para iluminar el entierro”.
K.M.- Sigo considerándome un escritor al cobijo de la poesía. Dicen de mí que soy un solitario, incluso un raro, pero no es verdad. Creo que soy una persona educada y amable. Pero es verdad que en España me ven como un poeta vasco y en Euskadi como un poeta español, yo no me considero más que un escritor o un poeta con una mirada, posiblemente, diferente a la mayoría. Es que la mayoría, aún pareciendo que tiene razón, es muy aburrida.

E.L.- A priori, algún lector podría acercarse a Los pasos inciertos con la certidumbre de que la política va a jugar un papel relevante. Y si bien es cierto que es un asunto que sobrevuela el diario, que condiciona su labor editorial y sobre el que puntualmente se detiene, ya sea por motivos de índole literaria o al socaire de la actualidad, no llega en ningún caso a ocupar un lugar ni mucho menos central. ¿Hasta qué punto esta omisión obedece a que se trata de un tema que se sale del propósito que se ha marcado con este dietario, o bien al hecho de que ni siquiera entonces consideraba esta vivencia política como una cuestión digna de relegar a otras que le concernían más hondamente?
K.M.- Los pasos inciertos, como su nombre indica, son los pasos primeros de un editor en una suerte de diario muy personal en el que se mezcla el oficio de editor con el oficio de poeta. Una suerte de vida novelada donde me detengo en pasajes de mi biografía salpicada con opiniones sobre el mundo del libro, con algunos análisis del mundo editorial, con apuntes sobre la situación política o económica actual. Son situaciones donde reflexiono sobre lo que me acontece y opino sobre lo que observo, leo y siento. Es evidente que las pinceladas políticas están ahí, pues apuntalan la realidad del momento, pero, aunque se mete la vida de por medio, intuía que debía hablar de poesía y edición.

E.L.- Sin embargo, Javier Menéndez Llamazares en su, por otra parte, estupendo prólogo, llega a decir: “Si alguna vez la edición ha sido un acto de heroísmo, Murua se ha ganado un poco de medallas”. Quisiera que me contara un poco más que le supuso en el plano personal crear una editorial en castellano desde el País Vasco, en años muy duros, y cómo afectó también este hecho a la propia vida de la editorial. ¿Qué puertas le abrieron y cuáles se le cerraron por este hecho?
K.M.- No creo que hoy tenga importancia, son cosas que suceden y que han de vivirse con entereza. No me considero un héroe ni nada por el estilo, fui un ciudadano que intentó ser libre en una sociedad muy condicionada. Creo que el miedo no debería paralizar lo que uno siente que debe hacer o decir. Para entendernos mejor, podría recordar una anécdota: cuando publiqué en el año 2000 mi libro Un lugar por nosotros, mucha gente que me saludaba, dejó de saludarme, y otra gente que apenas me conocía, comenzó a hacerme un poco más de caso. Entre medio, algunos lectores se acercaban a Bassarai en silencio; y así como muchos no entendían que siendo euskaldún escribiera y editara en español, a otros les sorprendía y les parecía bien.

E.L.- Sobre este punto en concreto hay una anotación que me ha resultado especialmente impactante. Es de noviembre de 2001 y viene al final de un pasaje en el que se hablaba de la situación de esas personas obligadas en aquel tiempo a llevar escolta. Dice: “No puedo olvidar lo que entre todos estamos haciendo en el País Vasco”. ¿Se siente de algún modo liberado con el rumbo que al final han tomado los acontecimientos en los últimos tiempos? ¿Están cicatrizando convenientemente las heridas?
K.M.- La realidad del País Vasco en los últimos años es responsabilidad de todos, pero especialmente de los ciudadanos vascos. Cada uno debería interrogarse sobre su manera de comportarse o de responder a la violencia que dejamos que existiera tantos años entre todos. Hoy parece que hemos superado una etapa negra, pero así como existen las cicatrices, la realidad actual podría olvidar a las víctimas en aras de un repentino olvido que no señalará a casi nadie. Me imagino que ahora la confusión política pasará al mundo de las palabras, a la interpretación que se haga de la historia. Pero las palabras se pueden malinterpretar y, además, hay muchos aún que no tienen claro quiénes fueron los violentos o quiénes son los verdaderos perdedores de esta batalla que no tiene nada que ver con el mundo de las ideas. Me imagino por último que necesitaremos cierto tiempo para cambiar nuestra mirada y nuestros gestos, así como para crear un espacio común entre todos donde las diferentes sensibilidades se sientan representadas.

E.L.- La relación con los medios ocupa muchas de sus reflexiones. De modo general, va anotando cómo sus libros caen en la indiferencia. Llega a decir que para ellos parece que no existen y en ocasiones habla incluso de “boicot”. Viéndolo en perspectiva, ¿a qué lo achaca? ¿Es complicidad con el statu quo, sumisión a los grandes grupos, simple ignorancia, de todo un poco…?
K.M.- De todo un poco. No obstante, frente a la novedad, la crítica suele mirar para otro lado. En cuanto a los medios, no nos engañemos, apuestan por lo consagrado y se supeditan a sus intereses. Hablar de medios públicos o neutrales en material cultural es de ilusos. La consecuencia de esta realidad compleja es que casi todo lo que se define como cultura se ha convertido en propaganda. Una, llamémosle, publicidad indirecta que tapa lo que de verdad puede tener interés o al menos, puede ser original o diferente.

E.L.-Qué difícil debe de resultar “disfrutar del momento”, como a veces escribe, cuando las deudas y otros sinsabores lo acosan a uno. Dice en un momento dado del tercer año de este diario: “sigo trabajando como un perro y no tengo dinero”. ¿Cuántas veces pensó en arrojar la toalla? ¿Hay algún momento en particular que recuerde en el que se dijo “hasta aquí”, antes de volver a levantarse, para “cargado de soledad y hastío”, intentar llegar a buen puerto?
K.M.- Recuerdo un día que iba en coche a una presentación de un libro y en la cuenta no había más que 5 000 pesetas. Esa fue la primera vez que fui consciente de que estaba arruinado y no iba a poder pagar las facturas pendientes. Otro caso donde se aprende lo que es la vida del libro es cuando una distribuidora cierra sin más dejándote en la estacada sin poder reaccionar a tiempo.

E.L.- Dice usted de su libro Siempre conté diez y nunca apareciste: “creo que es de lo mejor que se ha escrito –o mejor dicho, publicad– en poesía durante tiempo. Pocos han trabajado su voz como yo en silencio…”. No escasean los elogios a sus propios textos en estas memorias ni los “reproches” a unos críticos que no lo entienden. Es verdad que de vez en cuando deja constancia de algunas dudas que le asaltan pero parecen ser nubes pasajeras que no llegan a tapar nunca lo que parece una fe inquebrantable en su propia obra. La pregunta es casi innecesaria, pero aún así, la formularé: ¿no teme parecer un endiosado del tipo de aquellos a los que de un modo implacable retrata?
K.M.- La gente que ha leído el libro es en lo que se ha fijado y no ha dejado de repetírmelo. Se ve que puedo ser humilde y vanidoso a la vez y que proyecto una imagen en la que el peor parado soy yo. Para defenderme, o para decir algo al respecto, diré que creo en lo que escribo. Si uno no cree en lo que hace, es mejor que lo deje. Algo así me pasó con Bassarai, sé que finalmente venció el escritor al editor, pero el editor del año 2011 no creía en las mismas cosas que el editor que fui en 1996 o en 2004. Yo, a pesar de lo que puede parecer, quería mi oficio. En estas memorias se ve cómo un autor concibe su proceso creativo y cómo se define como escritor editor. Los pasos inciertos, en este caso, son pasos muy ciertos.

E.L.- Reivindica con frecuencia la figura del poeta como un trabajador más. Como el traductor, sin ir más lejos, y no comprende que haya poetas que por unos euros sean capaces de recitar “como si nada”. Temo que la situación hoy en día sea aún peor que la descrita. ¿Es otra batalla perdida más?
K.M.- Sí, porque la mayoría de los que se dicen poetas no viven en la escritura ni se han preguntado siquiera para qué sirve la poesía.

E.L.- ¿Se siente desmentido por los años en algún punto, respecto al juicio emitido sobre algo o alguien? No le pregunto si se arrepiente, porque no creo que ese sea el ángulo adecuado, sino si desearía poder matizar alguna de las afirmaciones que recogió en su día al calor (y a la verdad) de aquellas vivencias.
K.M.- Ahora mismo, estoy convencido de que ya no veo este oficio como antes y que mis opiniones no son tan radicales como antaño. Es más, ahora mismo podría entender y justificar muchas posturas que criticaba antes. ¿Quiere decir esto que reniego de lo que fui y dije? No, solo quiere decir que mis opiniones hay que situarlas en un contexto del que no puedo abstraerme porque así como he cambiado sé que en el fondo sigo siendo el mismo. Solo que ahora me dejo arrastrar por los acontecimientos que me superan y dejo que la vida fluya sin más en medio de lo que escribo: reflexiono, hablo, respiro y comunico. Ahora mismo podría reconocer que fui demasiado radical y cañero cuando podría pensar, además, que era de los pocos que tenía razón. Y me equivoqué de lleno, aunque al menos, con lo que dije y escribí –por ejemplo, en estas memorias de poeta metido a editor–, con lo que hablé y callé al mismo tiempo, con mi trabajo, con los aciertos y errores en el oficio, tuve también mi razón de ser, aunque muchos no lo acepten y con razón puedan pensar que el equivocado era yo. Yo también lo creo cuando leo y pienso que pude faltar al respeto a algunos escritores y a un puñado de editores. Y sin embargo, no cambio ninguna coma de lo que escribí, pues este es un trabajo literario sin más –como otro cualquiera–, aunque muchos no lo comprenderán y me llevará, lo más seguro, a la soledad más extrema, a la enemistad de los pocos que aún me respetan, al desprecio eterno de los que salen malparados, así como al vacío de aquellos que no salen como les gustaría.

E.L.- ¿Por qué esa prevención a incluir referencias personales, esto es, “deseos carnales” y “vivencias pasionales”, ciñéndose a sus experiencias literarias? ¿Existen acaso unas memorias B? ¿O éstas se encuentran implícitas ya en su propia poesía, por mucho que esta no sea biográfica?
K.M.- Las huellas de estas vivencias se observan en mis libros de poemas. Pero podría decir algo más: las vivencias más personales se plasman en las páginas que corresponden a los años posteriores al 2004. Ya lo dije antes, se me metió la vida en medio.

E.L.- “Perderá tiempo, amigos, dinero…”, escribe que le gustaría poder decirle a un amigo que quiere ser editor. Y sin embargo, si le pregunto me va a responder que si pudiera volver a 1995 volvería a hacerlo, que volvería a montar Bassarai. ¿Por qué? Y no me diga que tras año y medio de abstinencia, ya está pensando en intentarlo de nuevo.
K.M.- Bassarai se cerró porque se acabó un ciclo. Pero así como no puedo volver al pasado, tampoco puedo ni debo renegar de él. Me siento bien por lo demás como escritor, sin la presión ni la imagen del editor. Soy más libre ahora que antes y después de la publicación de este libro no creo que haya por ahí algún editor que quiera contar conmigo para un proyecto literario moderno y nuevo.

E.L.- Siento la curiosidad malsana de preguntarle si en los pocos meses que lleva el libro en la calle ha recibido alguna carta, alguna llamada de alguna de las personas que son aludidas, ya no digo sólo las que puedan haberse sentido agraviadas, sino de aquellas de los que habla en los mejores términos para, en este caso, darle las gracias. Dígame la verdad: ¿le ha retirado alguien el saludo?
K.M.- Sí.


E.L.- Todo parece apuntar a que habrá una segunda entrega de Memorias de un poeta
metido a editor, donde se recogerá el periodo que va del 2004 al 2011. ¿Se sabe para
cuándo?, ¿qué encontraremos?
K.M.- Están escritas, pero no sé si interesarán como parece que sí han interesado estas. En estas segundas memorias considero que el lector puede encontrar más ternura, más vida, más bondad, otra mirada más distante, no tan radical donde el lector se verá rodeado de libros y autores. Por último, quizá se fije también en alguna que otra disculpa dirigida a aquellos que se podrían sentir agraviados en esta primera entrega.



Un editor de referencia.
Giulio Einaudi.

Un libro de Bassarai.
El camino de la serpiente sobre la roca de Torgny Lindgren.

Un libro de Kepa Murua.
Escribir la distancia.

Un libro que le marcó.
Cartas a un joven poeta de Rilke.

Aquel autor que hubiera deseado publicar.
Lobo Antunes.

Aquella primera librería de su infancia.
Papelería Urquía.

Un lugar para leer.
En una terraza cerca del mar.

Un poeta actual al que seguir sí o sí.
Rafael Cadenas.

Un tipo de letra.
Arial.
¿Tiene e-book?
No.

  • Puede comprar Los pasos inciertos. Memorias de un poeta metido a editor aquí.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Marvin y Maximilian Thompson (Ginger Ape Books and Films): "El editor se hace, pero se hace a fuego lento"

El esperado encuentro con los ubérrimos libreros menonitas responsables de la espirituosa casa editorial GingerApe Books&Films se produjo en un lugar ultrasecreto situado en un lugar prácticamente inaccesible, a 37 millas de Amberes, tomando el desvío de la comarcal AB-303, pasada la gasolinera de la Shell, cuatro grados latitud norte, en una cabaña junto a un pantano cuyo paradero me comprometí a no revelar jamás.

Se trataba de la primera entrevista que los Thompson concedían a un periodista de un medio español, un país alineado en las filas de la reacción y que, consecuentemente, sólo podía despertar recelo en estos curtidos impresores, de ahí que todas las medidas de seguridad parecieran ser pocas. Tras quitarme la cámara fotográfica, requisarme mi móvil equipado con toda la tecnología del año 2004, y vendarme los ojos,  El librófago fue conducido al lugar consignado con neerlandesa puntualidad escoltado por las figuras de las amazonas pretorianas Aurora Bauer y Belenice Füssli. Ya en la puerta le sorprendió la algarabía. Brindis en lenguas centroeuropeas, chocar de vidrios, pasos rotundos y rítmicos (puede que constitutivos de una antigua danza) dejándose sentir sobre las tablas del suelo.

Cuando la puerta se abrió, noté que unos dedos hábiles me desataban la venda y con los ojos liberados apenas pude distinguir las figuras menudas de mis anfitriones, ya sentadas en sendos sillones de piel, entre el espeso humo del tabaco, mirándome fijamente con aire zumbón. Después, la puerta volvió a cerrarse detrás de mí, no sin que antes una de mis guardaespaldas, no llegué a distinguir cuál, me advirtiera con un deje que creí percibir como germánico: “Una horraa”. En ese momento me llevé las manos al pecho y noté que del bolsillo interior de la chaqueta había desaparecido mi moleskine. Todo tendría que ser memorizado.

Los Thompson en una imagen de archivo.
EL LIBRÓFAGO.- Estimados señores Thompson&Thompson, por sus rasgos físicos, estarán ustedes acostumbrados a que los confundan. Por orientar a nuestro distinguido público. ¿Quién es Thompson y quién es Thompson?
MAXIMILIAN THOMPSON.- Creo que es evidente. El más alto y apuesto, Maximilian. El bajito y regordete, Marvin. [Risas iniciales; inopinadamente, Marvin amaga un jab al estómago de Maximilian].
MARVIN THOMPSON.- En realidad no nos parecemos tanto. Uno es apocalíptico y dionisiaco y el otro integrado y apolíneo. Sólo hay que saber cuándo cada uno es cada cual. [Max amaga un uppercut al mentón de Marvin].

E.L.- Si no me equivoco descienden ustedes de una saga de editores menonitas. Puede decirse que han mamado tinta en vez de leche, si se me permite la expresión. ¿Qué aprendieron de sus antepasados de este oficio? ¿El editor nace o se hace?
MAXIMILIAN.- Aprendimos mucho, pero el oficio ha cambiado enormemente desde que nuestros abuelos abrieron su gran editorial. Hemos pasado de un oficio casi artesano (en las prácticas y en las relaciones) a una actividad hipertecnificada gestionada casi exclusivamente por medios telemáticos. El editor se hace, aunque la esencia, el ideal se halle en su interior. Desde que iniciamos nuestra actividad son muchos los vacíos y obstáculos a los que hemos debido enfrentar y para los que nuestra formación no tenía respuesta. La literatura y su edición exigen de una formación holística, humanista, a veces, demasiado terrena, no siempre revestida de altos ideales, ni limitada a un mero conocimiento del medio y las formas literarias. Existen manuales, sí, pero la práctica los supera con mucho.
MARVIN.- Así es, la edición, despojada definitivamente de su estrecha relación con la imprenta, ya no es una actividad gremial, por lo tanto, poco importa el haber nacido en una familia de editores o en una de alabarderos reales. El haber superado su etapa fabril da una ventaja a los nuevos editores; se trata de una actividad sin oficio, una pura entelequia, en la que la experiencia personal e intelectual se impone sobre cualquier otra realidad. Sí, definitivamente, el editor se hace, pero se hace a fuego lento.

E.L.- ¿Cuáles son los mayores cambios que perciben ha sufrido el sector en estas últimas décadas? ¿Atravesamos un periodo de confusión, de decadencia del libro tradicional? ¿Hay todavía lugar para el romanticismo o matará el e-book a la estrella del papel?
MARVIN.- Me gusta referirme a ello haciendo un paralelismo con la teoría biológica de la adaptación al medio. El e-book no es ninguna evolución de lo anterior, en todo caso es un salto evolutivo, una mutación que ha dado lugar a una nueva especie. Ahora habrá que ver si esta mutación ha sido tóxica o tónica, si realmente va a generar descendencia o se trata de una “mula”, estéril y sin capacidad de autorreplicación más allá de un fútil intento de mímesis de la herencia de sus padres. Creo que lo que conocemos hoy en día como e-book no durará mucho en su estado actual, la continua evolución de la capacidad de transmitir y recepcionar información creará lectores supereficientes pero sin capacidad para comprender la ficción. Es la muerte de la ficción como argumento del lenguaje lo que realmente está en juego, no su soporte. Los libros, el papel, los contadores de historias, las palabras de la tribu desaparecerán para el mundo real, y serán objeto de adoración por algún tipo de coleccionista o secta. Evidentemente, el papel del editor en este caso será el de oficiante de las ceremonias.
MAXIMILIAN.- En cualquier caso, y siendo muchas las responsabilidades del editor, creo que el mayor cambio, la gran decadencia del sector se debe en buena medida al descenso de los índices de lectura. Un libro no es un producto caro, menos aún, en su formato electrónico; sin embargo, pocos son los dispuestos a sacrificar dos o tres copas por un libro; menos, los dispuestos a renunciar a cuatro horas de televisión por el placer de una lectura. Quizá el problema se halla en el escaso valor que se concede hoy a la Cultura, la que todavía se escribe con mayúscula inicial. Para la mayoría, no posee el valor ni del entretenimiento. El problema nunca estará en la aparición y desarrollo de un nuevo soporte, de una nueva plataforma de lectura o de interacción con las Letras. Eso es enriquecedor, y siempre habrá lugar para el libro electrónico; es un producto más, un medio adaptado a los tiempos, nuevas posibilidades. Pero de qué sirve si son pocos los que lo utilizan.

E.L.- Si no me fallan las cuentas, en España existen unas cuatro mil editoriales, se publican más de 60.000 títulos al año, lo que nos convierte en la cuarta potencia en este ámbito a nivel mundial. Es decir, existe una oferta inmensa, que no se ve correspondida con nuestros índices de lectura, que no son, como es conocido, nada halagadores. Y en este marco, en el contexto de la mayor crisis económica y social que nuestra generación ha conocido, llegan ustedes y deciden montar una editorial. La pregunta es… ¡?!
MAXIMILIAN.- Los sueños no entienden de números… aunque quizá deberían. Creemos, o queremos creer, que la supervivencia (y la nuestra, la del sector, ya en sí, será todo un éxito) dependerá en gran medida del producto ofrecido, de conciliar limitaciones y gustos personales con las necesidades e intereses del lector. La edición no se puede limitar al libro, y menos aún, a su mero intercambio comercial. Debe atender al sujeto lector, al hombre. La edición no es sólo una práctica comercial; es ante todo una disciplina humanista. Debe escapar a las tradicionales formas de interacción, buscar nuevas parcelas y nichos de actuación, reinventarse; y para eso, debe atender y observar al hombre, comprenderlo, citarlo e incitarlo, provocar en él una sugestión, una propensión, un deseo. Persuadirlo de que el libro, sea nuestro o no, de que la lectura es y siempre será un placer y un beneficio. En él hallará respuestas; y con él surgirán nuevas preguntas. Sólo así podrá conocer el mundo en que se inscribe. No es convertir al editor en mono de feria; no. Tampoco degradar la obra en pro de unas formas espectaculares atractivas. No, nada de eso. Para eso ya existen otros con los que nunca podremos y con los que nunca querremos competir. Es replantear desde los mismos cimientos la ecuación Editor-Libro-Lector; buscar incesantemente nuevas formas de relación en beneficio de las partes, de ambas. No pretendemos lucrarnos; tan sólo hacer lo que nos gusta y sobrevivir; aportar nuestro granito de arena a este mundo y crecer, crecer junto al lector.
MARVIN.- Max lleva mucha razón en lo que dice. Convertirse en editor es desatender todos los consejos prudentes y sabios que la gente de tu entorno y los especialistas en economía hayan podido darte. Es ir contra todo pronóstico, una vuelta a la etapa de rebelión adolescente, un corte de mangas a la disciplina laboral basada en un modelo formativo de dirección única. Porque lo mejor de todo esto es que no se puede estudiar para ser editor, aunque ahora proliferen los Máster para ello, es una actividad básicamente amateur, de diletantes y arribistas, o de meritorios en el mejor de los casos. Siendo osado diría que no se puede ser editor de pleno derecho sin tener el control directo sobre una editorial. Lo otro sería trabajar en una editorial, que es muy diferente. Supongo que esto es también parte de la recompensa.
Cartografía literaria de Ginger Ape.
 E.L.- Sin embargo, a pesar de ese carácter “amateur” del que hablan, se definen ustedes como “también, y ante todo, una empresa”. ¿Podemos entonces desmentir que sea esta una operación de blanqueo de capitales provenientes de la explotación de unas minas de oro en las cuencas andinas? ¿Qué tiene que decir el ingeniero de letras Marvin Thompson de estos infundios? ¿Es cierto también que en vez de calculadora utiliza un ábaco?
MAXIMILIAN.- En realidad, es todo lo contrario. Marv es un robot-calculadora, sus formas físicas lo delatan, capaz de los cálculos más complejos y con una precisión de hasta siete decimales [nuevo amago de directo]. En realidad, y pese a todos nuestros sueños y delirios, somos plenamente conscientes de que la supervivencia pasa por lo comercial, por lo empresarial. Abominamos de esta parte, pero para mantener los sueños sabemos que es necesario vender; si no, los sueños se tornarán pesadillas.
MARVIN.- No podemos desmentirlo del todo, porque, como Rimbaud, antes que poetas, preferiríamos traficar mercaderías no declaradas desde Abisinia. Pero por algo hay que empezar. Los libros no dejan de ser una buena opción. El término empresa lo entendemos en el sentido que le atribuían los antiguos griegos, como tal, es algo heroico y probablemente traerá consigo alguna fatalidad. Ni calculadora ni ábaco, debo reconocer que utilizo vulgares hojas de cálculo; pero sí es verdad que mis aislados ataques de ludismo tienen mucho que ver con la necesidad de realizar algo con tus propias manos, de recobrar la dignidad del artesano, o bien de caer rendido hasta la extenuación después de un trabajo mecánico y repetitivo de sol a sol, sin permitir que un cuerpo ocioso ataque a una mente cansada. Max, ¿Es esto a lo que se refería Goya con aquello de “El sueño de la razón produce monstruos”? [Maximilian mira incrédulo a Marvin]
MAXIMILIAN.- Sepa Dios qué demonios quieres decir. [Risas] A ver, trataré de entenderte y explicarme. Existen muy diversas interpretaciones y las más, enfrentadas. Dos son las clásicas o principales, e igualmente antitéticas. Y a mi juicio, sólo en la conciliación de ambas podemos hallar la clave que explica el aguafuerte… [Max se concede unos segundos] Y si intuyo hacia dónde te diriges, incluso me atrevería a decir que permiten explicar nuestras propias contradicciones personales y cómo de esa conciliación surge la clave de nuestro entendimiento. Bien, me explico. Según la primera de las interpretaciones, Goya confía ciegamente en la razón; y le concede primacía sobre el sueño, sobre la fantasía, entendida como fantasmagoría: la carencia de razón, aun momentánea, da paso al imperio nocivo del sueño, de la fantasía, de la pesadilla. Cuando no impera la razón, surgen los monstruos. De acuerdo con la segunda interpretación, igualmente válida o certera, Goya descubre que la razón no es más que una quimera, algo que se proponía como ideal, como certeza, como solución, pero que se ha revelado un error. Esto es, la excesiva confianza en la razón produce monstruos. A mi juicio, Goya quiso jugar con esta ambigüedad, con la anfibología, pues ambas lecturas, ambos posicionamientos son igualmente válidos. Y es precisamente en su mutua aceptación que hallamos respuesta al jeroglífico, o al menos un atisbo de verdad. Marv se decanta por una interpretación, yo me decanto por otra, no es importante decir cuáles, pero sabemos que sendas lecturas son válidas; entusiasmo y desengaño en dosis iguales. Y por nuestro bien y por el del negocio ambas deben ser consideradas… [Max clava su mirada en Marv y sonríe] Y si no era eso lo que querías decir, pues ahí queda dicho.

E.L.- Definan, aplicada a Ginger Ape Books & Films, la expresión “generador de contenidos culturales de consumo”. Y, por favor, no se me pongan muy estupendos.
MAXIMILIAN.- Creo que es una fórmula preñada de posibilidades. Por un lado, refiere nuestra intención de llegar a un público amplio, de abarcar unos contenidos y temáticas diversas, de escapar al mundo altamente especializado del que procedemos, a las cárceles que la Haute Culture o la tiránica Academia imponen al conocimiento, incapaces de democratizarlo, de hacer llegar al común de la sociedad el producto de sus investigaciones y desvelos, de trasmitir la palabra, el saber a un número no restringido de ciudadanos. Por otro lado, el hecho de no querer limitarnos sólo al libro. Queremos ofrecer un producto diferente, enriquecido, pródigo en posibilidades, en referencias, apoyado en materiales complementarios que llamen o colmen la obra. Y además, somos también productora…
MARVIN.- Sí, es todo eso, no podría explicarlo mejor. Acaso podría resumirlo diciendo que esencialmente obedece a nuestra intención última de servir de base al exponente, es decir, no nos limitamos a recoger lo que está ahí afuera; si no encontramos lo que nos gusta, lo crearemos nosotros, o ponemos todos los medios para que otros puedan hacerlo. Y también lo utilizamos como expresión porque una dinamo es un generador eléctrico accionado por energía mecánica, y siempre fuimos fieles seguidores del Dínamo de Moscú y del Aullido de Ginsberg.

E.L.- Ya ha sobrevolado la conversación, pero quisiera detenerme un poco más en este punto. Reivindican la figura del EDITOR, en mayúscula, un editor que es también “co-autor”. Y, sin embargo, en tiempos en los que no sólo los escritores sino que los editores multiplican su presencia en los medios, en ocasiones hasta el vedetismo, resultan con frecuencia esquivos, enigmáticos, inaprensibles. Confiesen: ¿obedece a alguna premeditada estrategia de marketing o a una genuina y auténtica propuesta ético-estética?
MAXIMILIAN.- Es nuestra forma de afrontar el día a día. Somos pudorosos… y muy pagados de nuestra intimidad. Necesitamos preservar una parcela de humanidad, de cotidianidad o si lo quiere, de vulgaridad. No todo es, ni han de ser libros; no todo es, ni han de ser grandes reflexiones o disertaciones. Necesitamos mantener un alejamiento que nos proporcione perspectiva, que nos haga enfrentarnos al trabajo con plenitud, con el deseable equilibrio, lejos de tensiones atenazantes o asfixiantes. Y sobre todo, queremos, o mejor, queríamos que fuese el trabajo el que hablase por nosotros. Pero esto es sólo un deseo… casi utópico; la realidad es que hoy la editorial ocupa el 100% de nuestro tiempo y que las más de las veces somos nosotros los que debemos hablar por nuestro trabajo.
MARVIN.- Decididamente creemos que hablar de nuestros libros resulta un poco grotesco. Es como el poeta al que se le obliga a romper el misterio de su poesía leyéndola ante un auditorio. Siempre es mejor escribir sobre libros que hablar de ellos. ¿Por qué se cree que los viajantes del metro forran las cubiertas de sus libros?

E.L.- A pesar de que su discurso pueda parecer añejo, resultan a la vez extremadamente contemporáneos (enarbolando banderas como el e-book, el crowfunding, modalidades de Impresión Bajo Demanda, etc.), al tiempo que sus productos destilan un sabor “clásico“, tradicional, que se nutre de la alta cultura y la cultura popular de finales del siglo XIX y primer tercio del siglo XX. Su web, de hecho, es la prueba más evidente de esta amalgama a la que aludo. ¿Se consideran un típico producto cultural de la “posmodernidad”?
MAXIMILIAN.- Mire, no lo sé. Defina qué entiende por posmodernidad y después hablamos… La cultura a la que alude y que sin duda marca una parte de nuestra imagen y nuestro proceder editorial está institucionalizada. Antes que alta es popular, a todos accesible y reconocible; y si no, así lo pretendemos. Miramos al pasado, empleamos los medios que pone a disposición el presente y tratamos de adelantarnos al futuro. Pero creo que seríamos un producto cultural posmoderno si viéramos y entendiéramos nuestra actividad como algo ajeno al compromiso social. Y nada más lejos de la realidad, y nuestro carácter, ideología y la propia actividad que desarrollamos así lo demuestran. Ciertamente, no nos ceñimos a los valores establecidos, ni tampoco queremos… Nos gusta subvertir el orden, escapar a los clichés, ser nosotros mismos; pero la postura no es individualista, es de absoluto compromiso… Y en cualquier caso, no domina toda nuestra actividad. Ofrecemos una imagen y unos productos muy diversos. Somos contradictorios, como sólo los hombres pueden serlo; pragmáticos, pero también soñadores, utópicos… ¿no es la posmodernidad el fin de la utopía? Somos hijos de nuestro tiempo, y nuestro tiempo se contradice. Tratamos de discernir y tomar lo mucho y de valor que nos legó el pasado, incluida la modernidad, con todos sus sueños y delirios, y personalmente, me gusta imaginar aquel tiempo como un referente espiritual, estético; pero también necesitamos superar el pasado, también necesitamos modificar el presente y crear un futuro. Y aquí, cómo ve, sólo cabe la contradicción o, paradójicamente, la hibridación posmodernista. Es verdad que hacemos especial hincapié en la imagen, que entendemos el arte, en todas sus formas y expresiones, como la más alta realización humana. Y que en conformidad adoptamos una actitud o un perfil esteta. Sí, es totalmente cierto. Nos gusta cuidar de nuestros productos, es parte de nuestro ser, de nuestra actitud y compromiso. Atendemos por igual a todos los factores que conforman su elaboración; y la imagen, el objeto, es parte integrante y absolutamente esencial de este… Que todo esto representa para usted la posmodernidad, no lo sé. Pero me veo muy alejado de aquellos que lo representan. Aunque quizá la propia negación implique posmodernidad… En todo caso, si necesita una palabra con la que definirme llámame punk y no posmoderno; o acaso pos-posmoderno. Y no vuelva a emplear el término típico conmigo o algunas de mis realizaciones o le parto la cara [Risas].
MARVIN.- Tenga cuidado, señor Librófago, Max es un boxeador tremendamente posmoderno… Pero sí, intentamos aprovechar todas las oportunidades que nos brinda la tecnología, enajenada muchas veces de la propia ciencia, para hacer las cosas de otro modo. No queremos someternos al cíclico funcionamiento de la cadena del libro. De hecho, no conozco un ejemplo más claro de biotopo ultracapitalista que la industria editorial. Haciendo un chiste fácil, es un ejemplo “de libro”. Contemplamos una máquina insaciable que para su sustento necesita fagocitarse a sí misma, de tal manera que inevitablemente terminará colapsando. Si es por defecto o por exceso no lo sabemos, personalmente preferiría dejarla morir de hambre. En definitiva, no tiene sentido plantearse hacer funcionar una editorial en este momento desde una óptica del siglo pasado. ¿Qué fue del Siglo XX?  

E-L.- Si echamos un vistazo a su todavía modesto catálogo, distribuido en cuatro colecciones, y contemplamos tanto los cuatro libros publicados hasta la fecha así como algunos de los que ya han adelantado algo, descubrimos que sienten cierta inclinación por la literatura de género (pienso en De Marchi o Jarro), y también por autores importantes de nuestras letras prácticamente olvidados, como Luis Antón del Olmet, uno de los máximos representantes de la bohemia española. ¿De dónde viene esta predilección por la literatura de ambientes lúgubres, periférica?
MAXIMILIAN.- De nuestra propia periferia vital. Somos outsiders y nos gusta aquello que lo representa. Pero estos no son los únicos ambientes que frecuentamos. Abarcamos, abrazamos y disfrutamos otros muchos campos. Quizá Olmet sea el caso más flagrante y representativo. No es un bohemio, aunque conozca la bohemia. No es un hombre desmedidamente culto, aunque irradie cultura. No es vanguardista, pero sí una persona moderna. Aboga por la comprensión, adopta actitudes de gran humanidad, pero no duda en emplear la violencia. Capaz de lo mejor y de lo peor. De mezclarse con la canalla y de frecuentar las tertulias más distinguidas. De participar de la nobleza, es hermano del marqués de Dos Fuentes, y de luchar contra el caciquismo. Esa es su contradicción y también, en alguna medida, la nuestra.
MARVIN.- Sencillamente, la aventura literaria no tiene sentido si olvidamos a estos escritores, personajes muchas veces de su propia novela. Hay que buscar para creer; la negación forma parte del paisaje. Recurrir a los hermosos y malditos es casi una obligación porque el presente continuamente interpola al pasado con cara de pocos amigos. La buena literatura siempre es pornografía, lo demás es sólo ortografía.

E.L.- Tanto De Marchi, como Luis Antón del Olmet, uno italiano y liberal, el otro español y de todas las ideologías y ninguna, son hasta ahora unos grandes desconocidos en nuestro país. Quería preguntarles cómo llegan hasta ellos y qué les han aportado mientras los abordaba.
MAXIMILIAN.- En cuanto a De Marchi, qué decirle. Soy italo-suizo, un enamorado de Dostoievski y un reconciliado con el género negro: Jan Ray y Harry Dickson son los culpables. Salvo el ascendente helvecio, todo los demás caracteres son compartidos, y parecían conducirnos indefectiblemente a su publicación. Por lo que respecta a Olmet, creo que con mi anterior alegato respondo en parte a su pregunta. Sea como fuere, su vida y su obra nos sedujeron desde un primer momento… y nos decidimos a intentarlo, quisimos recuperarlo. ¿O es que acaso no apostaría Ud. por alguien que es capaz de adelantarse 20 años a Huxley y prefigurar Un mundo feliz? Que qué nos han aportado: sobre todo, satisfacción, mucha satisfacción; y el placer del conocimiento y unas buenas lecturas…
MARVIN.- Amén.

E.L.- Como contrapunto, también han publicado un precioso cuento ilustrado a cargo de una joven artista, Gloria Lizano, e incluso entre sus primeras novedades hallamos una novela histórica ambientada en el antiguo Reino de Granada. ¿Cómo justifican esta heterogeneidad? ¿No temen dispersarse?
MAXIMILIAN.- No, sinceramente. Poseemos cinco colecciones diferentes, que dan cabida a temáticas y géneros diversos. Creemos enriquecedora tal variedad y nos gusta escapar a los lugares comunes. Además, como editores es nuestro deber apostar por la novedad, por el presente, o mejor, el futuro, estar abiertos a la recepción de inéditos, cuidar de la creación, de los escritores noveles. Si no, nuestra labor resultaría incompleta, sería, en cierta medida, estéril.
MARVIN.- Para un editor, la mayor satisfacción es trabajar con materia “viva”. Descubrir un autor que tiene cosas que contar, moldear el caldo primigenio de la ficción, conducir el proceso creativo hasta su estallido final es hermoso, es la sustancia de la que nos alimentamos, nuestras esperanzas están puestas en ello. Imagínese que Howard Carter, cuando encontró la tumba de Tutankamón, al abrir el sarcófago, en vez de los restos de una momia muerta hubiese despertado al verdadero rey de Egipto. ¿Mucho mejor, no? Las posibilidades entonces serían ilimitadas, nos trasladaríamos de lleno de la arqueología a la biología. Pues bien, es algo parecido.

E.L.- ¿Qué lugar ocupa la iniciativa que han bautizado bajo el sugerente título Ópera Pantagruélica dentro del proyecto? Creo que está inspirada en las políticas de Creative Commons y que pretende mantenerse al margen de las leyes del mercado. ¿Cómo es eso?
MAXIMILIAN.- El mismo lugar que cualquiera de las restantes colecciones. Se trata de una colección abierta, aperiódica, gratuita y digital, que aspira a dar cabida a material muy diverso y no siempre canónico. En ocasiones, serán textos complementarios a los títulos publicados en las restantes colecciones, que deberán redundar en el conocimiento de nuestros autores y de su particular contexto; en otras, materiales perdidos, olvidados, inéditos… que por sus especiales características no tienen cabida en otras publicaciones al uso, pero que merecen un lugar destacado en nuestros anaqueles, ser rescatados del silencio al que se han visto o se ven abocados; en otras, materiales generados por la propia casa o por terceros; proyectos por los que apostamos y en los que confiamos, que de este modo pueden encontrar salida o, en su caso, seguir creciendo. Es una colección que nos otorga cierta libertad y que está dotada de gran maleabilidad.
MARVIN.- Precisamente, es nuestra respuesta a la tiranía del mercado y sus agentes. Es una especie de “huelga a la japonesa”, inundamos el mercado de productos que a priori no obedecen a las exigencias del marketing o a las de la propia industria, pero lo hacemos incumpliendo sus leyes, jugando sucio. Quizás no somos asesinos, pero no se nos negará la condición de tahúres, y borrachos, e incluso alguna veces neuróticos. Además, existe un claro precedente de cómo estas conductas inmovilistas atentan contra la propia viabilidad del negocio. ¿Qué ocurrió cuando el consumidor se dio cuenta de que la limitación por minutaje que imponía el vinilo ya no tenía sentido en el CD y mucho menos con la llegada del MP3?

E.L.- La especial atención que le brindan a los aspectos artísticos, como ya se ha cometado, es también palpable en todo su trabajo. Sin embargo, las de ustedes son ediciones relativamente baratas. Me intriga qué les ha llevado a adoptar esta filosofía apostando por ediciones económicas, de entre 12 y 14 euros aproximadamente para libros de más de doscientas páginas, a costa de sacrificar calidad en el papel pero sin renunciar a unos estándares de diseño altos. ¿Es una decisión asentada en cálculos de rentabilidad o en otro tipo de consideraciones estéticas?
MAXIMILIAN.- Responde a muchas consideraciones y, desde luego, la estética es fundamental; pero también, y fundamentalmente, la accesibilidad a un producto cultural. Queremos hacer llegar nuestros productos al mayor número de ciudadanos, pero sin descuidar por ello el objeto, el libro. Partimos de una premisa fundamental: la cultura ha de ser universal y a todos accesible, por eso el otorgar copyleft a muchas de nuestras ediciones; dos de los cuatro libros hasta ahora publicados lo poseen, amén de ser enteramente accesibles a través de 24symbols, el spotify literario. La situación social no permite derroches y desgraciadamente la cultura si no lo es, en la gravísima recesión que vivimos, así se considera… Además, también fuimos jóvenes, y también quisimos, pero no pudimos. No está en nosotros negar esta posibilidad.
MARVIN.- Hay que tener en cuenta que el producto que nosotros ofrecemos es un tipo de libro que raramente se encuentra. No es bolsillo ni por tamaño ni por calidad, no es tapa dura, ni siquiera es una rústica superior al uso de algunas nuevas editoriales. Es un libro en el que se han cuidado todos los aspectos al máximo, en el que están todos los contenidos que podrían ir en una primera edición en cartoné, pero a un precio inferior.  Y todo porque a nosotros las ediciones que más nos gustaban siempre fueron las de bolsillo. Llámalo nostalgia. Quizás se podría definir como una edición “superbolsillo”. Por lo tanto nada tiene que ver la rentabilidad, máxime cuando es mucho más rentable un libro caro que otro barato. Su mejor cualidad es que independientemente de que sea una novedad o una reedición, todos los títulos comparten el mismo trato y distinción. No queremos que vayan a la mesa de novedades de rápida reposición, sino al estante donde se guardan las colecciones de referencia.

E-L.- Señores Thompson, presumen ustedes hasta de tener una vertiente “verde”. Esto es visible en su complementaria apuesta por el libro digital, en el hecho de que en todas sus impresiones utilizan papel con certificación FSC (Forest Stewardship Council) y, además, aunque de momento es sólo el inicio de un proyecto más ambicioso, del que no sé si pueden ya hablar, en que han tomado a su gestión y cuidado una finca forestal arbolada en Cazorla para compensar la huella de carbono generada por sus actividades empresariales. Vamos, que son más chulos ustedes que un judío de Nueva York votante de Iniciativa els Verds. Ahora, en serio, ¿de dónde viene esa admirable toma de conciencia medioambiental?
MAXIMILIAN.- Es puro compromiso con el mundo en que vivimos. Nada más.
MARVIN.- Bueno, se olvida usted que somos suizos, y que una rama de nuestros antepasados emigró al Canadá. Son dos países donde la naturaleza es primordial, se podría decir que imprime carácter, lugares donde aprendes antes a distinguir las huellas de una ardilla que las trazas de una mala frenada. Pero es verdad, estamos muy sensibilizados con la protección de nuestro entorno. La ecología bien entendida es prácticamente la última batalla pura que queda por librar. Cuidamos de la masa forestal y habilitamos un lugar de retiro, tecnológicamente aislado, hostil y reconfortante a la vez, bello y sublime, donde cada tarea requiere de un enorme esfuerzo para ser realizada, recuerdo vivo de los hornilleros, los primeros colonos de estas sierras. Un abandonado refugio de pastores que pretende ser lugar de reunión y sala de máquinas de escritores, artistas, editores y demás gente de vil ralea.

E.L. Uno de los puntos capitales, todo el mundo conviene en esto, para alcanzar el éxito reside en la distribución y en el contacto con los libreros. Unos y otros están resultando también muy azotados por la actual crisis. Todavía están en los inicios y entiendo que este es un camino que debe hacerse poco a poco. Hablan ustedes de “librerías híbridas”. ¿En qué consiste este concepto y hasta la fecha, cómo está avanzando ese proceso de implantación para poner sus libros a disposición de los lectores? ¿Progresa adecuadamente?
MARVIN.- Todo esto es complejísimo, porque supone partir de cero e intentar cambiar un paradigma que lleva incontables años interpretándose como único. No queremos, ni podemos, estar presentes en todas las librerías. Pretendemos que exista un maridaje entre la librería y nuestros libros, una relación sentimental por encima de lo estrictamente comercial. El contacto con el librero debe ser directo, el trato, el mejor posible, después de la debacle ya en marcha, las pocas librerías que queden con el cartel colgado por el lado de “abierto” deben salir reforzadas de esta unión. El concepto de “librerías híbridas” no está del todo definido aún, pero se trata de un espacio donde se pueda disfrutar de la cultura de las letras en todos su formatos posibles, donde se pueda comprar un libro en papel, descargar, alquilar o visualizar un título en formato electrónico, imprimir un libro a medida mediante máquinas express de impresión bajo demanda, chatear con un autor, asistir a una videoconferencia, etc. Las posibilidades son múltiples y prácticamente inagotables. Para conseguir esto, creemos que la unión entre libreros y editores tiene que ser mucho más estrecha que la actual. Nuestro Departamento de Prensa se centra en conseguir estas alianzas y sinergias.
MAXIMILIAN.- No puedo añadir nada más. Como diría el padre Anderson del anime Hellsing: “Ameeeeeeeen” [en inglés].

E.L.- Y otra pata fundamental es la dimensión pública, la promoción, la labor de difusión para que los lectores conozcan sus títulos. Supongo que, además de su activa presencia en las redes sociales, hay que pelear duramente para que los medios les presten atención con tanta competencia y, no vamos a engañarnos, con tanta publicación con tantos compromisos no siempre inocentes. Si a esto le sumamos que su presupuesto publicitario no creo que sea mucho más del doble de la cantidad que dedican a traductores de swahili, está claro que el papel de los propios lectores (esa “comunidad lectora” que pretenden crear) en actuar como aliados y voceros es fundamental. ¿Cómo enfocan esa labor de comunicación?
MARVIN.- Efectivamente no creemos en los bombardeos masivos. Tal y como lo define nuestro Departamento de Prensa, nuestra labor ha de ser más de irrigación que de inundación. Pero los medios siguen cumpliendo su función, y no hay que ignorarlos, otra cosa es que ellos te ignoren a ti. Hay excelentes periodistas y críticos en este país. Pero la comunidad de lectores que tiene su origen en la red tiene un motor de funcionamiento radicalmente distinto, basado en el reconocimiento y no en la adulación, es a ellos a los que queremos llegar, la posibilidad de mantener un contacto directo sin necesidad de prescriptores externos es una oportunidad que no debemos dejar escapar. Desde el departamento de prensa se intentan abrir tres caminos paralelos y que deberían ser más a menudo convergentes: libreros, medios y lectores. Y el próximo paso será crear un proyecto colaborativo con nuestros lectores…
MAXIMILIAN.- Creo que ahí reside buena parte de nuestro potencial, de nuestras aspiraciones, que ahí se halla una de las claves de nuestra supervivencia y éxito: en el lector y en esa relación directa, de proximidad que buscamos establecer con él. Es absolutamente cierto que requerimos de los medios y que no podemos en modo alguno desdeñarlos. Pero como bien intuyes, nuestras capacidades económicas son limitadas; y nuestra opinión del marketing y la comunicación, algo particular… En cualquier caso, el destinatario del libro es el lector, el consumidor. Y una empresa ha de cuidar no sólo de sus productos; también de sus clientes, ha de promover canales para su comunicación y participación. Es nuestro deber escuchar su voz, aprender y crecer con ellos.

E.L.- Por cierto, además de los clásicos y no tan clásicos que recuperan, supongo que aceptan originales para su evaluación. ¿Cuál es su política de publicaciones en este sentido?
MAXIMILIAN.- Como ya dijimos anteriormente, es parte de nuestro deber y compromiso. No existe una política definida de publicaciones inéditas. Valoramos todo aquello que llega a nuestras manos, siempre que se ajuste a nuestras normas de envío de originales, lo pensamos y repensamos, y finalmente, decidimos de común acuerdo si es adecuada su publicación, que ajustamos a nuestro calendario de publicaciones. Nada más. En esta ponderación son muchos los factores a considerar; y si quiere saberlo, los económicos, aunque lógicamente presentes, no priman… ¿O acaso pueden hacerlo en una actividad tan desgraciadamente deficitaria?
MARVIN.- Pues es una tarea que asumimos con especial empeño y delicadeza. No contratamos a lectores externos. Todos los juicios se hacen desde dentro de la editorial, porque es una tarea estratégica que no se puede delegar, por mucho que la política de la mayoría de editoriales no sea precisamente ésta.

E.L.- Estamos llegando casi al final y no quería dejar pasar un asunto como el de su actual situación después de los últimos cambios en la SIA. ¿Está la libertad de expresión tan amenazada por los poderes fácticos (grandes corporaciones, gobiernos despóticos, pseudodemocracias, etc.) como en los tiempos en que el mero hecho de imprimir un libelo podía suponer la persecución, el destierro o la cárcel? ¿Son hoy esas amenazas más sutiles? ¿Se llaman mercados, pensamiento único, neoliberalismo, Henry Clermont Du Chardonnay?
[Risas] [Max adopta un tono grave].
MAXIMILIAN.- Parece evidente que sufrimos un grave menoscabo de nuestros derechos y libertades. No avanzamos, retrocedemos. Y a decir verdad, dudaría en llamar a esto democracia… Hemos debido autocensurarnos y, por una cuestión legal, tenemos paralizada una de las obras de nuestro catálogo original. No creo que los medios sean distintos o más sutiles, de hecho, me parecen más groseros y descarados, rayanos casi el insulto. El poder se sirve de las mismas herramientas, del mismo discurso, de la misma retórica que en el Antiguo Régimen. Pero poder es poder. Evoluciona quizá el revestimiento, pero el fondo, el mensaje y sus consecuencias siguen siendo los mismos.
MARVIN.- Claro, quizás los poderes fácticos ya no son tan identificables, ni curas ni guardias civiles ni caciques, pero en lo que respecta a la cultura, recurriré para responder a una vieja idea conspirativa de Coleridge: “Los hombres de Porlock”.  En todo tiempo y lugar existe una élite encargada de salvaguardar el verdadero saber y de preservarlo para aquellos iniciados que puedan darle buen uso, y de paso engañar al pueblo con sustitutos de poca graduación. Si buscamos un equivalente actual, diría que la superpoblación de ciertos títulos en el mercado no tiene otro objetivo que ocultar aquellos que verdaderamente merecen la pena leerse.


E.L.- A todo esto: ¿Ginger Ape Books & Films? ¿No encontraron un nombre más difícil de recordar? ¿Cada vez que alguien consigue pronunciarlo bien resucita un gatito, o es otro enigma, como el Rosebud de Kane?
[Nuevas risas]
MAXIMILIAN.- No creo, la verdad, que sea difícil de recordar... Ginger Ale, Ginger Rogers, Guano Apes… En cuanto al enigma que ciertamente esconde, es menester que conteste Marv, aunque quizá después te deberíamos matar.
E.L.- Qué manía.
MAXIMILIAN.- De él surgió la idea… Y yo la secundé de inmediato.
MARVIN.- Lo del gatito no me parece mala idea, siempre me han gustado los gatos. Como dice Max, no es de recibo terminar esta entrevista con un crimen, y además no tengo mi vieja “Thompson” a mano, por esto sólo te diré que todo comenzó con la palabra “ginger”, que además se heredaba de otro proyecto anterior. En su lengua original, “ginger”, tiene múltiples acepciones, desde el jengibre, que de hecho es una raíz sumamente extraña y polimorfa, hasta pelirrojo, también bizarro en el sentido de extraño, sin olvidar que opcionalmente se utiliza para denominar a grupos de presión o de activistas. El apellido “Ape” no es más que un juego de palabras, pero surge de una imagen muy poderosa, que es la de una bella mujer bailando con un mono gigante. Ginger Rogers es la bailarina y Ape Astaire es el bailarín. De todos modos, “Libros del Mono Pelirrojo” tampoco queda mal, ¿no?

E.L.- Sí, pueden saludar…
MAXIMILIAN.- A nuestras mujeres, amantes, vástagos y bastardos… No, es broma. Un abrazo a todos los amigos, que no son muchos, y un beso grande para la prófuga Belenice.
MARVIN.- A nuestros siempre heroicos lectores. 


Un editor de referencia.
MARVIN: El que ustedes saben y aquellos que dieron forma a las primeras versiones escritas de la Ilíada.
MAXIMILIAN: Marvin Thompson.

Un libro de su editorial.
MARVIN: Crónicas Ginebrinas.
MAXIMILIAN: El sombrero del cura.

Un libro de otra editorial.
MARVIN: El libro rojo de Jung  (Editorial Siruela).
MAXIMILIAN Serían cientos.

Ese autor pendiente, deseado…
MARVIN: Secreto empresarial. Pero me hubiese encantado publicar Mountain man, de Vardish Fisher, si Valdemar no se hubiera adelantado.
MAXIMILIAN: Barbey d’Aurevilly (pendiente); y deseados: M. Muhammad Knight (del que hemos adquirido los derechos de publicación de su obra más conocida), DBC Pierre, Robert Sabbag o Stewart O’Nan.

Aquella primera librería de su infancia.
MARVIN: De pequeño siempre fui más de bibliotecas.
MAXIMILIAN Del Porcellino (Florencia).

Un lugar para leer.
MARVIN: Una taza de café.
MAXIMILIAN: Cualquiera.

Esa palabra obsolescente a reivindicar…
MARVIN: Austrohúngaro (va por ti, maestro).
MAXIMILIAN: Libro.

La película de su vida.
MARVIN: El evangelio según San Mateo.
MAXIMILIAN: Star Wars.

Un tipo de letra.
MARVIN: Un criptograma.
MAXIMILIAN: Caslon.

¿Tiene e-book?
MARVIN: Sí. Lo utilizo para crear una biblioteca itinerante de libros que nunca leeré.
MAXIMILIAN: No. Bueno, sí, uno regalado y sin estrenar. Soy ávido coleccionista; y en mi hogar, siempre habrá espacio para un libro. Todavía prefiero leer en papel.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...